Existe, dentro de la tradición neotestamentaria una vertiente polémica con el mundo griego y su pensamiento filosófico representada por Pablo. En la primera carta a los díscolos cristianos de Corinto les deja claro que el cristianismo es una locura (μωρια) visto desde la perspectiva griega. Al logos griego opone el logos cristiano: el logos de la cruz (ο λογος ο του σταυρου) 1 Co 1, 18, que es locura para el pensamiento de este mundo (griego), pero fuerza para la salvación de los cristianos. Desde este logos de la cruz o logos crucificado es posible realizar una hermenéutica de Dios que sea fiel a la tradición. Sobre la cruz, el Verbo eterno del Padre calló, su silencio es la exégesis posible de la manifestación económica divina.

Un cambio semántico importante dentro del desplazamiento cultural que supuso la helenización de la fe es el que se produce en el término «Hijo de Dios». En el Nuevo Testamento, este término se implanta dentro de la tradición bíblica y se entiende inserto en la historia de la salvación, donde Dios entra en relación con los hombres por medio de su enviado. Pero en la reflexión helenizada entra en una especulación sobre generaciones divinas que escapa a la salvación histórica, situándola en una nueva soteriología celeste, no encarnada y dualista.

Estas consideraciones sobre el desplazamiento cultural y semántico de las verdades salvíficas del cristianismo neotestamentario, tendrán su canonización en Nicea en el año 325. Nicea supone una re-escritura del relato evangélico, desde este momento el Evangelio queda desplazado, es fuente de la fe pero ya no regla de la fe. Es decir, la concepción de Dios hecho hombre se antepone al relato evangélico, la hermenéutica griega antecede al relato semítico. Lo que podía originar una variedad de lecturas ha quedado sujetado a una sola interpretación hegemónica. Al proceso histórico de nacimiento-vida-muerte-resurrección, se le antepone el relato metafísico de la generación divina preexistente. Esta inculturación, siendo muy legítima, ha creado un problema: el riesgo de la absolutización. De esta manera se produce la tendencia a una lectura de la salvación en Cristo solamente desde la divinidad, rompiendo la tensión que aparece en el NT y que vivía la Iglesia entre divinidad y humanidad. Después de Nicea se corrió el riesgo de romper la tensión entre las posibles lecturas, haciendo difícil otra lectura alternativa más pegada a la historia efectiva de la salvación reflejada en el Nuevo Testamento.

Mantener el relato evangélico es el mejor medio para preservar al cristianismo de la gnosis. Mientras ésta se enzarza en problemáticas metafísicas sobre la preexistencia y la generación divina, el relato evangélico se asienta fuertemente en su contexto histórico y social, fijando la salvación a la realidad encarnada y material sin negar su vertiente espiritual. La explicación de Dios no puede ser meramente conceptual sino personal, histórica y concreta: Jesús, el Cristo. Él es el contenido concreto del concepto que explica a Dios. Por esto, el lenguaje filosófico es necesario como mero instrumento, mas no como explicación acabada de la realidad divina. El instrumental metafísico deberá estar al servicio de la conceptualización soteriológica. De otra forma, será difícil no confundir la fe con la ideología, en este caso la helénica-occidental.