Con motivo de la creación de la nueva coalición por la paz en Oriente Medio, hemos vuelto a escuchar palabras que hablan de paz pero que en el pasado condujeron a la guerra. "No tenemos nada contra el pueblo iraní" han dicho los fantoches que gobiernan el Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos, como otrora hicieran otros fantoches reunidos en unas islas próximas a las costas ibéricas. Les llamo fantoches (4ª acepción de la RAE: muñeco grotesco frecuentemente movido por medio de hilos) porque no se representan a sí mismos ni a sus países, sino que ejecutan los planes de ciertas élites económicas que rara vez salen a la luz pública y utilizan marionetas para que el público tenga una cara a quién odiar o a quién culpar de lo que sucede. Fantoches son, al fin, porque son sujetos neciamente presumidos que han acabado creyendo la farsa en la que los han embarcado. Sin embargo, estos fantoches son capaces de aplicar los planes de destrucción impuestos por sus amos y que llevan a los países a la guerra y a millones de seres humanos al infierno y la barbarie de la violencia.

No sé cuánto tiempo puede faltar para la intervención en Irán, en el fondo se trata de ver cuánto estarán dispuestos a soportar las autoridades persas las provocaciones, los atentados y los actos bajo bandera falsa. En el caso de Irak, apenas medió un año entre las primeras declaraciones y la guerra. También se dieron otras circunstancias que asemejan aquel caso a este. Según los informes de la Organización Internacional de la Energía Atómica y los reportes del propio Servicio Secreto de Estados Unidos, Irán no tiene un programa de producción de armas atómicas. Pero el discurso público contra Irán no hace sino aumentar el tono. Es muy posible que la mayor parte de la opinión pública, la publicada ya lo ha asumido, piense que Irán sí tiene este proyecto. Con esto se justificaría una guerra para eliminar la amenaza, pero todos deberíamos ser conscientes que no es eso lo que se pretende. El fin perseguido ni siquiera tiene que ver con la mera y única posesión de los recursos petroleros, es algo más vil aún y sin embargo´de más calado. Se trata de salvar el modelo de relaciones internacionales imperante, el status quo vigente. Los países centrales del Imperio Global Postmoderno, USA, UK y sus adláteres, necesitan mantener el control de los recursos que permite al dólar ser la moneda de referencia. Mientras el dólar persista en su posición mundial, el status quo se mantendrá. De una manera u otra, la producción global de riqueza pasará por el dólar y quien imprime el billete verde mantendrá la hegemonía mundial.

El mayor club de sinvergüenzas del mundo, que se reúne en Davos estos días, necesita la fuerza militar estadounidense para defender sus reglas de juego y la única manera de hacerlo es mantener la moneda que sustenta a ese ejército. Es un círculo vicioso horrible: las élites necesitan la fuerza militar para defender su posición; la fuerza militar ha de ser financiada con grandes recursos; el país que sustenta la fuerza militar no dispone de esos recursos, ergo la élites permiten que la moneda del imperio siga imprimiéndose libremente contra el valor del petróleo y la máquina de matar: un verdadero infierno ya en la tierra.

Las palabras hacen cosas, como sabía Austin, y en este caso hacen la guerra, como las palabras obscenas de Davos. Quieren crear un mecanismo para controlar a los países con déficits presupuestarios, es decir, hemos llegado a la guerra económica total. Como dijera Clausewitz, la guerra  es la continuación de la política por otros medios y la economía es la continuación de la guerra. Guerra, política y economía, en la globalización postmoderna son sinónimos.


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