17 Febrero 2012
La reciente reforma laboral promulgada por el Gobierno, obligado por la circunstancias de la grave crisis económica, ha generado diferente parecer entre los diversos sectores sociales, pues mientras los empresarios la aplauden, los sindicatos de trabajadores la rechazan ostensiblemente.
Tan distinto parecer no resulta extraño, habida cuenta la diferente percepción del problema económico de los sectores en liza, pues mientras que los empresarios han venido reclamando una legislación laboral más dinámica que facilite la flexibilidad de plantillas –pensando especialmente en tiempos de crisis-, los trabajadores consideran injusto que los grandes sacrificios de la crisis los hayan de pagar ellos; al tiempo que parece aprovecharse el momento presente para un amplio recorte de los derechos sociales logrados a lo largo de muchas décadas en nuestra sociedad.
Aún así, todavía hay quien piensa –desde posiciones más liberales- que la reforma laboral se ha quedado corta y no ha acometido todos los objetivos de flexibilización del mercado laboral que se pretendían.
En todo caso, parece lógico que ante las dramáticas cifras del paro en España –las mayores en la UE-, el Gobierno se plantee los motivos de esta crisis de empleo, y las medidas para su solución; de donde se deriva que la rigidez del mercado laboral pueda contribuir al fracaso sobre las políticas de empleo. Lo cual, con ser cierto, no es la única razón, pues habría que reformar en profundidad la estructura económica del país, así como acometer una importante reforma financiera –que se tiene en marcha-.
Sin embargo no se ha llegado a plantear aún, un plan de reforma de las estructuras productivas del país, pues se ha de definir los sectores productivos prioritarios, y dotarles de medidas que hagan competitiva nuestra economía, lo cual no debería de pasar por una reducción meramente de costes productivos, pues en ese caso para competir con países en vías de desarrollo –con menores costes de producción- se supone que tendríamos que eliminar los costes sociales y rebajar las retribuciones. Algo que es un disparate, al tiempo que injusto.
Otras habrían de ser las soluciones, que apostaran por la calidad de nuestros productos, por su seguridad, eficiencia, mantenimiento, distribución, etc., y ello pasa por una decidida apuesta empresarial por la investigación y el desarrollo (I+D); que no parece contemplarse ante la masiva fuga de graduados universitarios españoles a otros países que les reportan un presente digno y un futuro esperanzador, que España no les facilita.
No parece que se haya tomado tampoco en serio, la conveniente alianza entre las empresas punteras y la Universidad, mediante Fundaciones de Mecenazgo que rentabilice socialmente el apoyo económico de la empresa en la Universidad, y a su vez revierta el trabajo de esta, directamente en el mundo empresarial. Pues resulta patético que en el país de “mayor concentración de aeropuertos” –algunos de ellos auténticamente inviables-, se esté despidiendo a jóvenes investigadores, como ha ocurrido recientemente en la Comunidad Valenciana con el Instituto de Investigación de esa autonomía.
Por consiguiente, ante la falta de un mayor elenco de medidas reparadoras de la actual crisis, no parece faltarles razón a los sindicatos al creer que la reforma laboral no será la solución al problema del paro, al tiempo que agravará la situación de los trabajadores españoles –empleados o no-, por el importante recorte de derechos.
Aparte de considerar que la reforma laboral, está claramente escorada favoreciendo al sector empresarial –al que sin resolverle el problema de la crisis, no les viene mal aliviar cargas sociales de los costes laborales de producción-. El problema es que ese camino es el contrario al que Europa había recorrido hasta ahora, y nos lleva a una sociedad bipolar –con eliminación de las clases medias- en la que subsista una minoría que detente la riqueza y una abrumadora mayoría que se debata entre la pobreza y la mera supervivencia, con bajos jornales, largas jornadas de trabajo, y apenas derechos sociales reconocidos.
Ante tal convicción nos parece lógica la respuesta de los sindicatos, mostrando su malestar por el retroceso social al que asistimos. De ahí que entendamos la convocatoria de estos para que los trabajadores expresen públicamente su parecer en la calle, en el ejercicio legítimo del derecho de manifestación según han numerosas convocatorias para este fin de semana.
Sin embargo, lo que no nos parece tan lógico, es que los sindicatos supediten una supuesta escalada de protestas al grado de respuesta de los trabajadores en estas iniciales convocatorias; pues si realmente creen en la defensa de los trabajadores, el desarrollo de su protesta legítima pueden programarlo con independencia de la mayor o menor acogida inicial que tenga su convocatoria; ya que quizás lo determinante sea la convicción de la justicia de sus planteamientos, más que el eco popular que pueda tener un arranque de la protesta.
Cuestión distinta, salvo que realmente fuera abrumador el apoyo a la protesta, quizás debería ser la realización de una Huelga General, por el mal momento actual de la economía, dado que ese tipo de acción conlleva importantes daños directos e indirectos de su realización, y tal hecho en el momento actual no parece que contribuyera más que a una agravación de la mala situación de partida.
Con todo, veremos a los sindicatos tomar “la temperatura de la calle”. Aunque no han dicho ¿qué escala es la que van a tomar en consideración?













