El día 25 de marzo se ha instaurado como el “día por la vida”, según la costumbre socialmente en boga de dedicar un día al año para recordar una determinada problemática social. Así los “grupos pro vida” han elegido la festividad religiosa del día de la Encarnación para hacer defensa de la vida en todos su órdenes, con apelación especial a la “concebida, no nacida”.

Este tema tan escabroso, como delicado, desde la perspectiva de la conciencia individual y social, que tanta polémica ha generado en nuestra sociedad en los últimos treinta años, sigue manteniendo una solución legal que, al parecer no agrada ni a los partidarios del aborto ni a sus opositores. Y ello, pese a que las medidas legislativas han sido cada vez más abiertas y tolerantes con la práctica del aborto.

En mi opinión, desde un planteamiento pro vida, creo que no se debe despachar el tema de forma futil, pues requiere diverso tipo de valoraciones y perspectivas para no lanzar condenas, y mucho menos descalificaciones personales –a personas  que a la vez suelen ser víctimas también de sus propias circunstancias-.

Tampoco me resultan convincentes los argumentos de plazos, sobre tesis del “pre-embrión”, pues aunque cuantitativamente haya una diferenciación celular entre la generación y desarrollo del embrión, sin embargo no parece que cualitativamente estemos ante realidades de naturaleza diferente, pues lo cierto es que si no se interfiere en dicho proceso suele resultar generándose una persona. Y considero que también tiene derechos, especialmente el principal de no negarle la vida a la que ha sido llamado –de una u otra manera-.
Además la solución de un problema no debe pasar por generar otros problemas no menores,  como la práctica abortiva y los subsiguientes efectos –incluidos las posibles secuelas psicológicas-.

Por consiguiente, parece más razonable pensar en soluciones preventivas cuando sea posible, antes de llegar al extremo de la acción abortiva, pues además, el elenco de medios profilácticos y farmacológicos de efectos anticonceptivos es ingente, al tiempo que eficaz, evitándose así la dramática intervención letal. Motivo por el que considero que se debería de enfatizar en estos, antes que en las medidas de interrupción de la gestación.

Por otra parte, atendida la reflexión sobre el foco esencial de la jornada pro vida, quisiera hacer una apelación a los colectivos pro vida, pues con ser acertada su reivindicación y denuncia frente al fenómeno del aborto, sin embargo, considero que la perspectiva pro vida que adoptan es escasa. Pues la reivindicación de la vida no sólo se ha de centrar en periodos gestacionales, eso supondría centrar argumentos bioéticos entorno a una ética bioligista. Habrían de ampliar su perspectiva para defender la vida nacida, como vida digna de ser vivida por la persona. Que no la viven los que están en condiciones económicas, sociales y políticas de esclavitud, con restricción de libertades públicas.

Tampoco viven dignamente las prostitutas, especialmente las que son víctimas de la trata de blancas y la explotación sexual; como los inmigrantes esquilmados por redes de explotación de tráfico de personas.
Tampoco es vida digna la que tienen muchos habitantes del tercer mundo que padecen pobreza, hambre, desnutrición, especialmente la infantil, enfermedades endémicas que les acorta la vida.
Las mujeres que en algunas culturas, sólo tienen valor de semoviente, las postergan, al punto de taparles física y moralmente, relegadas a labores reproductivas y de asistentas del hogar.
La explotación de mano de obra en continentes enteros, con horarios laborales interminables, sin derechos sociales de asistencia por enfermedad, ni paro, ni seguro social alguno; que llega en algunos casos a la explotación desde la propia infancia.

Todas esas situaciones también claman en cielo y tierra por injustas, representando una forma de subsistencia indigna de personas humanas y libres.
¡Todo ello habría que tenerse en cuenta en el “día por la vida”!. Especialmente si lo contemplamos desde una perspectiva religiosa –cristiana- como día de la Encarnación de Dios, en que Dios se acercó al hombre bajando desde su Gloria, revelándose y mostrándose compasivo y misericordioso.

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