Con este grito llegó el PP al poder del Estado, afanoso de la toma del mando, pues “esto ya se había desmandado..”, y con su natural proverbialidad recurrió a los tradicionales criterios de orden para reponer una economía en pleno colapso, como consecuencia de su insostenibilidad, especialmente al confrontarse con una crisis económica internacional.

            Sin embargo, la consigna era que “¡se acabó la fiesta!”, y se pusieron a las órdenes de Merkel para ceñir la contabilidad pública española a los dictados de los intereses de la banca alemana –nuestra principal acreedora, por intermediación de una codiciosa banca hispana, que enloqueció dando préstamos con dinero prestado por los alemanes-.

            De manera que se han obviado las grandes reformas estructurales –salvo algún gesto a la galería-, como la reforma necesaria del Estado de las Autonomías, la proliferación de órganos político-administrativos, y la inserción de una casta política en el sector público que lo controla, aliados con los burócratas profesionales, para su mutuo interés. De forma que no se cuestiona esa sobrecarga y sometimiento del sector público a la casta política; prefiriendo desviar la atención sobre los empleados públicos como los sujetos a restricción y control –por su supuesta ineficiencia-.

            Y así asistimos a la “burla social” de que mientras se vuelve a “repasar” a los empleados públicos –poniéndolos públicamente de absentistas, o poco más o menos, de gandules-, para ahorrar el “chocolate del loro” –que siendo necesario, sin embargo no es lo sustantivo del gasto, ni del problema de un sistema público viciado-, se quedan amplias zonas de abundante gasto sin recortar. Pues sigue habiendo un exceso de altos cargos políticos en todas las Administraciones Públicas –con sus consiguientes dependencias administrativas, muchas de ellas sujetas a gravosos alquileres, a gastos corrientes de teléfonos móviles, tarjetas visa, dietas, etc.-.

            No parece justificada, por la existencia de las Comunidades Autónomas, de las Diputaciones Provinciales, ni las televisiones y radios autonómicas y locales, las empresas públicas que no tienen una incidencia directa en la prestación de servicios al ciudadano, los holgados parques móviles oficiales, etc., etc.

            Como tampoco parece justo que se recorte el 19% de media en los presupuestos ministeriales, y a la Casa Real el recorte no llegue al 2%, o a otros Órganos Superiores del Estado (Tribunal Constitucional, incluido), créditos y ayudas a la banca privada para “engrasar” el proceso de fusiones y de ajustes de la banca quebrada. Y sin embargo, todo el ámbito de la actuación de recorte se centre en áreas hábiles del sector público, especialmente en servicios esenciales (educación y sanidad), y en los empleados públicos. Pues con ello, se deteriora –cuando no se desmorone- el “Estado del Bienestar”, o por mejor decir en términos constitucionales, el “Estado Social”.

            Y sin embargo, todo esto se hace –siguiendo la orientación de la “gran patronal”- sin apenas recurrir al incremento de los ingresos públicos, con la celeridad impuesta por Berlín. Algo que parece casi económicamente suicida. Pues de inanición también se muere.

            Así que se “¡acabó la fiesta!”. Ciertamente, el sufrimiento de la precariedad, de no llegar a fin de mes, de estar o tener familia en el paro, de deber hipotecas por las viviendas, de perder derechos sociales, y de atisbar un futuro incierto –donde hasta hace poco estaba convenido-. Realmente sí que es trágico pero para la clase media y trabajadora. Esa “fiesta” parece que la han acabado. ¡Pero sólo esa…!. Porque la fiesta de la casta política, de los banqueros, y de las elites sociales y económicas, de los especuladores y “trincones”, esa sin embargo continúa impasible al dolor ajeno, como estamos comprobando, en acciones poco ejemplares de algunos de los que por oficio, tendrían que estar al frente del timón de la Nación que zozobra en una tormentosa situación internacional, que nos lleva a la deriva y sin rumbo, sin que parezca que nadie provea por los verdaderos intereses de la mayoritaria clase media y trabajadora de país que ha perdido la ilusión, la cohesión, el fuelle social y la vitalidad que otro tiempo le llevó a ser grande entre las grandes naciones del mundo, y que hoy día le ningunea cualquier “patotera” oportunista.

            Realmente habrá que ir conviniendo, que se “¡acabó la fiesta”!, más por nuestra propia incapacidad de organizarnos sensata y sosteniblemente como Nación, que por la entidad de las dificultades.