26 Abril 2012
El recuerdo de la célebre película dirigida por Robert Benton e interpretada por Dustin Hoffman y Meryl Streep, me lleva a la consideración de las confrontaciones familiares, especialmente agudas en casos de separación y divorcio, pero que también pueden generar su peculiar daño en otros ámbitos cuando los enfrentamientos de familia se dan.
Actualmente vivimos en España una grave crisis económica que está desbordando los habituales límites en que se lograban contener las crisis cíclicas del sistema, ya que por su alcance y duración está arrasando auténticos sectores de la economía nacional, y lo que resulta más alarmante, que incluso nuestros socios europeos empiezan a señalar que nuestra propia estructura política-administrativa del Estado de las Autonomías puede ser un lastre a la hora de evitar el naufragio financiero.
Así las cosas, iniciados importantes reajustes por parte del nuevo Gobierno de España, sin embargo, ni los mercados financieros, ni el BCE, ni Bruselas han acusado recibo en la dirección de prestar la ayuda financiera eficaz que requiere España para que la actividad económica vuelva a normalizarse. Y tal parece, que aún pretendan algunas “vueltas de tuerca” más sobre nuestra depauperada economía, especialmente para obligarnos a una reducción y reestructuración del sector público, en concreto de la proliferación de Administraciones Públicas, cargos políticos y excedente burocrático de la dispersión cortesana que se ha instalado en estos últimos treinta años.
Sin embargo, la cuestión es de ¿quién le pone el “cascabel” al gato?. Es un hecho que cualquier acción gubernamental de Estado acaba chocando con el distinto parecer de las “taifas autonómicas”, que dificultan y enlentecen la eficaz aplicación de dicha disposición. Ejemplos de ello sobran, y nos presentan con ciertos rasgos caóticos, y lo que es peor, de escasa eficacia y poca fiabilidad en el cumplimiento de compromisos. Así, dudan actualmente de que podamos cumplir los objetivos de déficits marcados, precisamente por el piélago político-administrativo en el que sobran instancias intermedias de decisión, que tampoco han contribuido si quiera a mejorar la legitimidad democrática por representación –al diluirse en un voto aislado cuatrienal, a listas cerradas por los aparatos de los partidos-.
Por consiguiente, hay un difícil “hueso que roer”, el del necesario ajuste del traje político-administrativo que nos dimos durante la transición, y creció sin control en estas tres décadas. Pues además no parece justo, ni ejemplificador que tanto el Gobierno central como los autonómicos sigan cargando el costo de la crisis a la clase media y trabajadora del país, con drásticas reducciones (aunque se hayan tratado de vender como reformas) del sistema sanitario público y del sistema público de enseñanza. Pues nadie menciona la eliminación de las Diputaciones Provinciales, ni del Senado, ni siquiera el Presidente del Gobierno que en campaña habló que le sobraban 50 parlamentarios. Nadie plantea seriamente recortes en las autonomías, tales como la eliminación de las televisiones y radios públicas autonómicas, ni sectores públicos que se repiten en las tres escalas administrativas (Estado, Autonomías y Municipios) como son los casos de servicios sociales, consumo, protección civil, cultura, turismo, etc. Amen de empresas públicas locales y regionales claramente prescindibles en los actuales momentos.
No obstante, el PP está estudiando cómo acometer este tipo de recortes, para plasmarlos de forma más o menos inmediata en el Boletín Oficial. Pero como en el caso de los conflictos familiares, probablemente pensarán que será mejor no opinar para no molestar a nadie. Especialmente en estos momentos en que el PP ostenta mayoritariamente –no sólo el poder del Gobierno del Estado- sino también el poder territorial (autonomías, provincias, y municipios), de forma que será muy difícil que emprendan recortes que perjudiquen sus intereses políticos de partido o de elites del mismo.
Ese es el drama de “Kramer contra Kramer”. Nuestro drama es el de padecer recortes selectivos que malogran el Estado del Bienestar, y que no parece que sean los definitivos, ni que por sí solos acaben de arreglar los problemas del país, sino que por el contrario, tal cura de adelgazamiento sobre una capa social ya bastante ajustada, puede acabar por tener efectos perniciosos sobre la mayoría social del País.















