El movimiento de indignación popular denominado del 15-M, por su fecha de aparición, que supuso la toma pacífica de calles y plazas de muchas ciudades de España para manifestar una espontánea protesta popular contra la crisis económica y política que padecemos, y que se exportó al extranjero, ha vuelto a resurgir este fin de semana, con ocasión del aniversario de su emergencia.

Como fenómeno sociológico es digno de estudio, pues no es frecuente que un movimiento de protesta ciudadana se presente y organice de forma civilizada –aunque para ello hubiera de conculcar el orden ciudadano del espacio público que temporalmente ocupó-, pero sin embargo no degeneró en desórdenes públicos, salvo en las acciones violentas de desalojo llevadas a cabo por la policía en algunos lugares como en Barcelona; ya que lo ordinario, es que cuando se manifiesta una frustración pública de forma masiva, la emotividad suplante a la razón y acaben produciéndose disturbios públicos frutos de la frustración y desesperación de una situación de paro, de miseria, vivida como profunda injusticia social por parte de los afectados, a los que las instituciones públicas sólo han dado buenas palabras de comprensión, hasta que han molestado en la calle.

Tal tipo de manifestación pública expresaba así la decepción y la desafección de importantes capas sociales sobre la actuación de los políticos, de su gestión sobre la crisis, de la falta de participación pública en unos partidos dominados por “políticos profesionales” –que han hecho de su ofrecimiento de servicio público y representación social, una forma de vivir personal, con el consiguiente distanciamiento de sus bases a las que poco parecen representar-. Pues es muy difícil que un parado que cobra poco más de 600€/mes se sienta representado por un Diputado, un Senador, un Consejero, o un Ministro, que al menos gana 6000€/mes (diez veces más que él), que no padece los efectos del paro, ni las estrecheces económicas y el desánimo personal de aquel. Pero que además, no le ofrece más que palabrería, y apenas soluciones de futuro.

El problema es que dicho movimiento de protesta pronto fue codiciado por algunos grupos políticos que pretendieron capitalizarlos y utilizarlos, para después ignorarlos, cuando no denostarlos. Y sobre todo, porque en su espontaneidad derivó en un utópico asamblearismo, incapaz de articular una respuesta organizada y eficaz para poder incidir en la agenda política gubernamental. Ante lo cual, era cuestión de tiempo que se evaporara, aunque pasó a estado latente.

Sin embargo, el empeoramiento de la situación –más allá que el propio aniversario del evento- ha llevado a la calle de nuevo a la ciudadanía defraudada, preocupada y cabreada. Lo que ocurre es que en el momento presente, siendo la segunda irrupción de este movimiento –sumada la experiencia pasada, que casi se desvaneció con el correr del tiempo, y ante el incremento de la gravedad de la situación económica y social-, puede que esta nueva edición sea potencialmente más contundente que lo fue la primera. Ya que de lo contrario, sería acabar de darle la razón a aquellos que sólo ven en esta protesta, poco menos que a los “parias de la tierra”, en forma de “perro-flauta” o “yayos-flauta”; es decir, puramente marginal. Y tal conclusión –que es la que se está transmitiendo, especialmente desde la derecha política y social- no sólo es denigrante, sino injusta, y desde luego equivocada, si verdaderamente esa es la impresión real que tienen.

Por de pronto, ya han comenzado las manifestaciones en diversas ciudades, incluida Murcia –que contó con una importante participación, no en vano los ratios económicos de la Región están por los suelos-, y desde luego Madrid, donde finalmente la policía desalojó la Puerta del Sol esta madrugada practicándose numerosas detenciones; acción que lejos de contener la protesta, puede que la active por puro “efecto dinamo” de acción y reacción.

Lo que pasa, es que siendo la solución policial la más fácil de emplear –de inicio-, bien pudiera ser un error, por cuanto el problema no es policial sino económico-social que acaba repercutiendo en el ámbito político-público, y no habiendo disturbios callejeros, quizá habría de ser más prudente en el uso de la fuerza policial, y desde luego, políticamente más humildes para acercarse a los manifestantes y dialogar con ellos, comprenderlos y acaso hacer algún gesto de empatía y justicia social, como dar solución al problema de la vivienda, de las hipotecas impagadas, de los créditos bancarios, del paro, la sanidad, la educación, etc; ofreciendo un comportamiento ético de ejemplaridad suprimiendo puestos políticos en este tiempo de crisis, reduciendo sueldos de estos, de forma que compartan el sufrimiento con el pueblo soberano, que hasta ahora no ha sido así.