Domingo Delgado

       
El Ministro de Asuntos Exteriores del Gobierno de Rajoy, José Manuel García-Margallo, ha mostrado escasa habilidad diplomática en el poco más del año que lleva al frente de la Cancillería española, especialmente en lo tocante a cuestiones sudamericanas. Pues a su precipitado ofrecimiento de mediación en el conflicto de las elecciones venezolanas, hay que unirle las torpes reacciones de este ante procesos nacionalizadores de empresas españolas en Argentina y en Bolivia.

Tal falta de tacto diplomático hace que España pierda su preminente posición política en Hispanoamérica, pues despierta los recelos de gobiernos de la zona, hiere sensibilidades nacionales, y complica las relaciones bilaterales.

Así, esta semana resulta que García-Margallo con su ofrecimiento de mediación, venía a lanzar un “dardo envenenado” al régimen chavista –al ahondar en el problema del presunto fraude electoral de las recientes elecciones presidenciales tras la muerte de Chávez-, pues de inicio también el titular de exteriores español hizo un comentario crítico sobre el dudoso resultado electoral que molestó enormemente al presidente electo que lanzó todo tipo de diatribas contra el ministro español. Y García-Margallo, “inocente” él, tras una forzada disculpa sobre la inadecuada interpretación de sus palabras, viene a verter “vinagre” sobre la misma herida ofreciéndose como mediador en el litigio electoral. Toda una torpeza, que no se puede permitir un canciller español en este país hispano, donde España tiene muchos intereses empresariales y vinculaciones personales de todo tipo. Que también ha conllevado la ostentosa reprobación del presidente venezolano contra el canciller español, otra vez.

En este caso, el ministro español habría de reflexionar bien antes de hablar, ya que su papel es el mantenimiento de las buenas relaciones internacionales de España, especialmente en el área iberoamericana fundamental para la diplomacia española por los grandes y profundos lazos que nos unen, además de los intereses comerciales. Cuestión distinta sería que  García-Margallo no ostentara este cargo que le exige cuidado, discreción y diplomacia, para evitar conflictos bilaterales y la acusación de intromisión en asuntos de aquel país, en cuyo caso sería muy libre de opinar lo que le parezca el régimen chavista y sus consecuencias. Pues no se trata de defender actitudes dictatoriales, propias de tal régimen. Sino más bien de poner mesura y responsabilidad en el ministro encargado de exteriores.

De igual forma, recordamos el caso de la estruendosa respuesta de García-Margallo ante un proceso expropiatorio de una empresa española por parte del Gobierno argentino, para seguidamente “envainársela”, asumiendo la incómoda respuesta a sus duras acusaciones, de parte del Gobierno argentino, y amenazas varias a otros intereses comerciales españoles en el país, haciendo mutis por el foro, probablemente ante un toque de alguna poderosa empresa española en el país del cono sur, que se podría ver afectada por las amenazante respuesta gubernamental argentina.

Y otro tanto, ocurrió en otro proceso expropiatorio de empresas españolas en Bolivia, para luego callar eternamente.

Evidencia, cuanto menos, una precipitada respuesta de García-Margallo, especialmente cuando se pasa de la queja con amenazas de represalias bilaterales, y denuncias en foros internacionales (que son acciones legítimas en el orden internacional, pero que no se anuncian para no llevarlas a cabo, especialmente si persisten las medidas que las generaron), y sobre todo una clara falta de profesionalidad en el mundo de la diplomacia internacional, que es una grave carencia de nuestro actual gobierno.

Y decimos esto –además de las inadecuadas actuaciones, curiosamente sobre países sudamericanos- en razón a que el ministro de exteriores español, José Manuel García-Margallo, que tiene una importante formación jurídica y una especialidad profesional en razón a su puesto de Inspector de Hacienda, sin embargo no tiene formación diplomática. No es diplomático de carrera, y además lo ha evidenciado en no pocas de sus actuaciones, como su reiterada proclama reivindicativa de “Gibraltar español” (que podemos suscribirla la mayoría de los españoles), pero eso así no sólo no funciona, sino que perjudica esa y otras pretensiones en la acción exterior, pues “toca las narices” británicas, que suelen ser hipersensibles y lo acusan en ese y en otros ámbitos. No en vano, el propio Napoleón denominaba a Inglaterra como “la pérfida Albión”.

Quizá lo más próximo de García-Margallo a Exteriores haya sido su experiencia en la UE (como eurodiputado), lo cual le hace conocedor de la estructura y “entretelas” de la UE, pero por sí mismo no le acredita como adecuado Canciller de los intereses españoles en el mundo. Además que los Asuntos Exteriores son mucho más que los asuntos europeos. Hay mundo mucho más allá de Bruselas y Berlín, aunque algunos de nuestros actuales políticos-gestores no lo vean.

Finalmente, diremos que si García-Margallo se quería proyectar como adalid internacional de las democracias liberales, defendiendo los derechos y libertades públicas (lo cual es políticamente muy honroso), convendría que dejara el Ministerio de Exteriores, y ya puestos, no se quede en Venezuela, sino que continúe por Cuba, países árabes de Oriente Medio, y se centre en China, al que no paran de ir políticos españoles como a una “nueva Meca” del capitalismo, y casualmente ninguno dice nada de la falta de derechos civiles, ni de sus presos políticos y de conciencia. Al revés se les abren los mercados, las puertas nacionales, y hasta las carteras. ¡Toda una gran contradicción!.


El Papa Francisco empieza con la renovación de la Curia Vaticana, para lo cual ha elegido al Superior de la Orden Franciscana, Fray José R. Carballo, un orensano, para que asuma la Secretaría del Dicasterio romano de la Vida Consagrada que tiene a su cargo el seguimiento y asistencia de las más de 900.000 religiosos católicos de todo el mundo (frailes, monjes, y monjas).

Este nombramiento tiene especial relieve y significación en el entorno eclesiástico, por varios motivos. Por un lado, porque el Papa –que eligió el nombre de Francisco, por su devoción y admiración al santo de Asís, especialmente de su forma de vivir el evangelio: humilde y pobre- ha querido contar con franciscanos en su equipo de gobierno y servicio a la Iglesia; y por otro, porque el Papa Francisco –que además es Jesuita, y por tanto religioso- ha querido volver a vincular a las órdenes religiosas al gobierno eclesial.

Y es que las órdenes religiosas han estado, en cierto modo, relegadas del gobierno de la Iglesia por decisión de los anteriores pontífices, habiendo pivotado el gobierno de la Iglesia esencialmente sobre el clero secular y muy tangencialmente por laicos –pertenecientes a los denominados “nuevos movimientos laicales” que emergieron y contaron con la confianza y el favor de los anteriores pontífices-.

Sin embargo, relegar de la cúpula eclesial a las órdenes religiosas no parece que pueda revelarse como un acierto, pues estas con su modo de vida evangélico (siguiendo los “consejos evangélicos” de obediencia, castidad y pobreza) y testimonio público de fe, junto con su bagaje histórico de numerosísimas experiencias, y su profunda formación teológica ( a veces en la frontera, para establecer diálogos fronterizos con los no creyentes, o pertenecientes a otros credos, en un gesto más de humildad y caridad al prójimo) hubieran contribuido a enriquecer evangélicamente el modo de vida curial, y haber podido abrir más la Iglesia a un mundo complejo en acelerado cambio cultural y moral.

Pero el Papa Francisco –que parece tener las ideas claras del proyecto de Dios sobre su Iglesia- ha empezado por restañar la postergación de los religiosos, contando también con ellos, en su compleja labor de reconducir la Iglesia hacia una mayor autenticidad evangélica. Para lo cual, necesita a todo el cuerpo eclesial, además de romper con prácticas inadecuadas y poco ejemplarizantes.

Consecuentemente parece que, verdaderamente estamos ante una nueva etapa de la Iglesia, que providencialmente viene en medio de una grave crisis internacional (económica, social, política, cultural, moral, que plantea inquietantes preguntas y atisba profundos cambios globales), de los que no escapa ni siquiera la Iglesia –en tanto que realidad mundana-; y en esta etapa la Iglesia también necesita ese aggiornamento –que ya vio en su  día el Papa Juan XXIII, que dio lugar al Concilio Vaticano II, cuya plena recepción por la Iglesia Universal ha quedado a medio realizarse-, que urge a dar “respuesta profética” a los actuales “signos de los tiempos”, iluminar nuestra realidad temporal en esta compleja cultura posmoderna refractaria a dogmatismos que se ha instalado en una existencia paradójica de portes hedonistas, consumistas y narcisistas (contrarios a la fe cristiana), que requieren una “nueva evangelización”, pero previamente se precisa que la Iglesia reflexione y ore en vista a su actual realidad, a su concordancia o divergencia con las exigencias evangélicas que la hagan más auténtica, más coherente con Cristo. En definitiva reflexione sobre ¿cómo se ve?, ¿cómo se le ve?, y ¿cómo reconducir esa paradoja a una única realidad coherente y auténtica con el mensaje de Cristo?, y a partir de ahí preparar esa “nueva evangelización”. De lo contrario, se quedará el intento en simple propaganda.

DOMINGO DELGADO

 

La peculiar manera de entender los servicios públicos de parte de nuestra clase política neoliberal, hace que los planteen en términos de mero rendimiento económico, sin perjuicio del servicio que prestan al interés general, y del rendimiento social que suelen conllevar. Y así, de forma meramente utilitarista, o por mejor decir, economicista se dictamina la apertura o cierre de un servicio público y su entrega a la empresa privada para su gestión, con clara abstención del deber que la Administración Pública tiene asumido de prestación de los servicios públicos de interés general.

 

De tal forma, que cuando algunos políticos deciden que determinado servicio público se privatice –es decir, pase a ser gestionado por empresas privadas- desplazan su obligación de gestión eficaz de dicho servicio sobre una entidad privada cuya primer objetivo de su existencia es la de conseguir el máximo lucro, con el menor gasto. ¡Algo legítimo…!, naturalmente, cuando hablamos de actividades empresariales o comerciales, que son las propias de estas empresas. No así, cuando hablamos de servicios públicos que son la responsabilidad de las Administraciones Públicas, que han de gobernar y gestionar la “res pública”, en vez de inhibirse y desplazarla a otras entidades, que cobran por ello.

 

Así, lo mismo que no tiene sentido que una Corporación Municipal se dedique a la industria y el comercio (como puede ser la explotación de cualquier empresa pública local dedicada al turismo local, casas rurales, etc.), tampoco tiene mucho sentido que ceda parte de sus cometidos, de sus obligaciones públicas, a la iniciativa privada (como puede ser el caso de la cesión del parque de bomberos –en algunos municipios gallegos-, o salvamento marítimo –en Galicia-), de igual forma que la sanidad como servicio público (que se está cediendo progresivamente a la iniciativa privada en la Comunidad Valenciana y en la de Madrid, por conciliación de intereses públicos (¿?) y privados).

 

El pretexto de tales acciones políticas viene dado por el supuesto menor costo de explotación –aún por demostrar-, pero en realidad, como las empresas concesionarias de dichos servicios, tienen que tener su legítima ganancia, el ajuste de gastos puede llegar más allá de los mínimos estándares de calidad, o como ha ocurrido en el sector sanitario de gestión privada –que muestra una excelente hostelería, pero no asume procesos clínicos de gravedad o gran continuidad, porque no son rentables, y los desplaza a otros hospitales públicos (que suerte que sigan existiendo, pues si no...)-. Amén de que empezaron con unos cánones por usuario y año en unas cantidades, que con de un par de años, casi los han triplicado. Luego, ¿dónde está el ahorro?.

 

A propósito, ¿alguien pide ahorro en los contingentes militares que España envía al extranjero?. ¿Alguien pide rentabilidad a la red de diputaciones provinciales –como administración pública duplicada con las autonomías?. ¿Alguien pide rentabilidad al Senado, y a las Asambleas Autonómicas?.

 

Entonces, ¿por qué se pide una rentabilidad meramente económica en la salud, en la educación?, que son servicios esenciales que conciernen a la vida e instrucción de las personas.

 

Actualmente, en un nuevo embeleco privatizador, se está planteando la privatización de la Mancomunidad de Canales del Taibilla, que ha funcionado perfectamente, con alta eficacia y rentabilidad en nuestra tierra. Y, ¡mira por dónde..!, ya le han echado el ojo. Entre tanto, paradojas de la vida fruto de la incoherencia de los inexplicables intereses en juego, algunas de las autovías privatizadas –que eran la fórmula que se nos vendió como ideal, para su gestión- como la de Cartagena-Vera, que según se dice están “a la última palabra”, las quieren reunir en una empresa pública para evitar su quiebra. O sea, que si hay negocio este se le entrega a la empresa privada, y cuando deja de haberlo, se socializan las pérdidas.

 

Esto nos suena, pues no es nuevo, ya que recientemente hemos acudido al rescate bancario –para sanear entidades de crédito en quiebra, que si hubieran seguido las recetas neoliberales deberían haber quebrado, y los amigos se han echado una mano, aunque con dinero público-, y se nos dice, con la mayor impudicia, que serán reprivatizadas cuando se hayan saneado. Pero esa canallesca operación, ¿cuanto nos va a costar a los españoles?. Por de pronto, más paro, más recesión, más recortes sociales, más recortes salariales, y más oscuridad en un panorama socialmente injusto y política-económicamente equivocado.

 

Domingo Delgado.                                                          

    
Se han publicado noticias sobre intrigas vaticanas –algo nada novedoso en la historia de la Iglesia-, que aunque son negadas por la oficialidad eclesiástica, fuentes oficiosas las dan por válidas, hablando incluso de un dossier fruto de una investigación interna llevada a cabo por tres cardenales según el encargo papal, que parece aporta datos inquietantes sobre cierta falta de ejemplaridad de algunos sectores curiales, que podrían haber afectado al ánimo del Pontífice para tomar su decisión de dimitir.

La mínima prudencia lleva a no afirmar lo que se ignora, aunque ante la extensión del rumor sobre la investigación cardenalicia –que aporta datos concretos-, la prudencia y la honradez del deber a la verdad, quizá haya de apostar por una prudente y respetuosa espera a que se confirmen los datos de tales informaciones y así no contribuir a ningún tipo de intoxicación que desvirtuaría la verdad.

Pero precisamente, para evitar cualquier tipo de especulación, y dada la mayoría de edad de la ciudadanía en general, y de la feligresía católica en particular, habría de informarse sobre la veracidad y alcance de esas inquietantes noticias de bandos de poder e influencia, de nepotismo, de posible corrupción financiera –que facilita el lavado del dinero, probablemente de injusta procedencia-, así como otros supuestos de conductas –cuanto menos inmorales, poco o nada ejemplares, para quienes predican la virtud evangélica-. Y en su caso, se debería excomulgar a los responsables, y separar de cualquier responsabilidad canónica a los que no vigilaron convenientemente, y por ello han podido contribuir al posible escándalo.

En definitiva: ¡limpieza y desinfección!, y con ello transparencia, pues de lo contrario la sombra de la duda hará probablemente mayor daño que el descubrir el propio pecado y la subsiguiente acción penitente.

Sin embargo, esto no debería desalentar a ningún creyente, más allá de lamentar lógicamente tales hechos, pues sabido es que la condición humana es corruptible, y así lo expresa la Iglesia en sus enseñanzas sobre el propio “pecado original”, en relación con la inclinación al mal de toda persona, y de la vulnerabilidad ante la tentación. De manera, que el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra…., aunque también habrán de recordarse aquellas palabras de Cristo sobre los que escandalizaren a los menores…., en dura advertencia ante comportamientos no ejemplares, incoherentes de quienes tienen la labor de la cura de almas, pues el daño puede ser aún mayores por la desafección que puede darse en otras personas con una fe menos sólida.

Ahora bien, cuestión distinta de los pecados supuestamente apuntados por la investigación vaticana, y de muy diferente calado moral y eficaz se trataría de la formación de grupos de poder e influencia en la Curia Vaticana, algo que no sólo es común a toda organización o estructura burocrática o de poder, en el nivel que sea, sino que en los mismos se revelan los afectos y desafectos humanos, sus intereses personales, el control del ejercicio del poder y el aseguramiento de la continuidad ante previsibles cambios. ¡Todo muy humano, y por ello, muy normal…!. ¡Quizá demasiado humano!. ¿Pero alguien pensaba que por el mero hecho de pertenecer al clero se asegura la santidad?, o mejor dicho, ¿el cargo supone que la persona sea por ello justa?. ¿De cuando el hábito hace al monje?. Pues el clero,  el estamento episcopal, el propio colegio cardenalicio, y hasta el mismo Papa han de convertirse a Dios por la fe en Cristo. No es algo supuesto, sino sujeto a la propia evolución vital.

Por consiguiente, conocedores de la “falibilidad de la condición humana”, y de la llamada evangélica a la conversión, todo este episodio puede ser una auténtica “cura de humildad” –si se sabe así ver-, para acometer una auténtica reforma que desmonte la estructura de poder vaticana desde una vieja monarquía medieval, y la haga entrar en el S.XXI en un nuevo modelo más evangélico, comunitario, apostólico, cercano y sencillo según la vivencia de Jesús y de sus apóstoles. Muy probablemente, vaya en línea afín, las recomendaciones del dimisionario pontífice cuando aduce que la Iglesia ha de renovarse y cambiar.

Para ello, primero habrá de elegir nuevo Papa –entre la gerontocracia del Colegio Apostólico-, que habrá de tener la suficiente iluminación como para ver que “no todo el monte es orégano”, y proceder un mecanismo drástico de limpieza, para encaminar los auténticos cambios que la Iglesia de hoy requiere para adaptar el mensaje de Cristo a los nuevos tiempos, y acabar de entrar en la posmodernidad, para ser realmente “luz del mundo”, a través de un auténtico “don de lenguas” que actualice el mensaje cristiano a los actuales signos de estos convulsos tiempos.

Y ello, puede que comporte un desarrollo de la nueva eclesiología del Concilio Vaticano II, que configura a la Iglesia como Pueblo de Dios, y cambie la mentalidad clerical de liderazgo a servicio, fomentando el diaconado permanente ante la falta de sacerdotes, e incluso valorando otras opciones sobre el presbiterio, pero sobre todo alentando una nueva evangelización, una auténtica catequización a todos los niveles –especialmente de adultos- que facilite el conocimiento, la comprensión, la aprehensión y maduración para la auténtica conversión en la fe de todo bautizado, y neófito cristiano, que genere en las parroquias auténticas comunidades de vida de fe, en las que más allá de los ritos religiosos se busque el encuentro con Dios y con el prójimo, promoviendo la mutua ayuda.

Algunos quizá vean estos planteamientos como utópicos, pero así vieron a Cristo en su tiempo, porque nos llama a algo muy superior a la simple práctica religiosa ritual, a una auténtica conversión de vida en entrega a Dios y al prójimo. Y todo lo que tarde la Iglesia en reencontrar ese camino de Cristo, supondrá tiempo perdido.

Domingo Delgado      (Periodista y Teólogo)

La comunicación del Papa Benedicto XVI de poner fin a su Pontificado de forma anticipada, por su confesa declaración de falta de fuerzas para seguir cumpliendo con su misión, ha cogido por sorpresa al orbe católico, por la súbita decisión papal y por lo insólito del procedimiento dimisionario en la sede de San Pedro.

Aunque desde el punto de vista racional no debe de sorprender que un octogenario –que padece sus achaques propios de su avanzada edad- quiera poder vivir en paz su última etapa vital, cosa que no suele ser lo propio de un Papa por los múltiples compromisos públicos y trabajo de su abultada agenda.

Sin embargo, en esta decisión –que en el caso de Ratzinger seguro ha sido profundamente meditada- hay un cambio de modelo, o actitud en relación con la de su antecesor Juan Pablo II –quien se mantuvo en un progresivo deterioro físico, mostrando su personal sufrimiento de forma pública en el ejercicio de su pontificado- y que hasta la muerte no cedió la mitra papal. Sobre lo cual, se dieron todo tipo de explicaciones y razonamientos sobre la entrega total del anciano Papa, incluso se vino a decir que Cristo no se bajó de la cruz, en el sufrimiento. Aunque no faltaron críticas ante esa exhibición pública de una personalidad en progresivo y rápido deterioro, sufriendo innecesariamente hasta el final de sus días cargado con la pesada carga de la cátedra de Pedro.

Algo que Benedicto XVI no ha querido repetir en su persona, quizá por su carácter más racional, menos emotivo –que su antecesor-, y por ser consciente de la caducidad humana –por muy asistida que se encuentre del Espíritu Santo-. Por ello, y dado que la Iglesia necesita el ejercicio de un poder carismático, de un nuevo liderazgo para estos tiempos, quizá ha sido consciente que él por su edad, por su deterioro físico (parece que la diabetes le ha afectado seriamente a la vista, etc.), ha visto humildemente que era el momento de dejar paso a otra personalidad que pueda acometer con mayor fortaleza y determinación el gobierno de una Iglesia que ha llegado internamente atomizada en diversidad de grupos particulares en que se articula la catolicidad, que ha retrocedido respecto de los postulados del Concilio Vaticano II, que tiene importantes desafecciones del mundo laico, y que salvo en África y Sudamérica, parece haber dimitido de su misión de evangelizar a los hombres, aunque no falten declaraciones de todo tipo, pero no se acomete una auténtica evangelización de un mundo cada vez más secularizado, que ha dado la espalda a una Iglesia endogámica, arrugada a la defensiva de los acontecimientos.

Por ello, vemos en este gesto un acto sabio y humilde de un Pontífice, que ha sido uno de los grandes teólogos del S. XX, que se ha mostrado en desigual condición como profesor de teología –como intelectual- que como guardián de la fe, y finalmente como Papa.  Y que ha comprendido que él no era el Papa que la Iglesia necesita para liderar, aunar al mundo católico del comienzo del tercer milenio. Decisión en la que no habrá ahorrado oraciones, y que no por casualidad adopta en el día de la Virgen de Lourdes (la Inmaculada Concepción), a la que seguro que el Santo Padre se ha encomendado y ha encomendado a la Iglesia.

       
Más de seis millones de parados, que supone acercarse al 30% de paro de la población activa, es un auténtico drama nacional que representa un alto peligro social y político, que puede llevar a un estallido social ante la desesperación de personas que se encuentran en auténtico desamparo social en las puertas de la marginalidad, auténtico “barril de pólvora” que genera inestabilidad socio-política.

Ante esta situación, ya no caben vanas promesas, mucho menos dar más “vueltas de tuerca” de recortes a la esquilmada clase media y trabajadora; y mucho menos criminalizar la lógica protesta.

Si una sociedad en esta situación de profundo fracaso económico y político, -pues el dejar fuera del ámbito de la actividad a más del 30% de la población activa es un fracaso de sociedad- no protesta, estaríamos ante un cuerpo social difunto. Pues el sufrimiento de la clase trabajadora es grande, padece el paro, la persecución por deudas, el desahucio de sus casas, ante un conformismo político incapaz de dar respuesta a estos problemas, más allá de la policial o mera legalidad formal que acaba en la judicial. ¡No es justo, socialmente hablando, que mientras hay miles y miles de viviendas vacías, se desaloja de sus casas a familias por impago, en plena crisis…!.

Todo esto, además unido a numerosos casos de corrupción pública, hace que la población se sienta defraudada por la clase política –que no resuelve los problemas de la ciudadanía actuales-, al tiempo que crece la desafección pública sobre la clase política, especialmente por los partidos habituales de gobierno que se han mostrado incapaces de reconducir la crisis económica a términos socialmente asumibles en términos de justicia social, pues se han limitado a trasladar las directrices de Berlín y Bruselas a la agenda política y a la acción de gobierno, llegando a desmontar servicios públicos esenciales (educación y sanidad), en un fracaso del “Estado Social” –constitucionalmente definido, pero traicionado en las concretas políticas de recortes-.

Es la hora de que se tomen decisiones contundentes que acaben con estas políticas de protectorado (que solo atiende a intereses financieros y políticos de Alemania y Bruselas). Por consiguiente, se hace urgente un referéndum para plantear la salida de España del euro, y volver a controlar la soberanía monetaria y financiera desde Madrid, de forma que la soberanía la ejerza el pueblo español a través de las instituciones legítimas, pero en modo alguno desde el exterior imponiéndonos estas duras políticas de recortes.

Es la hora que el dinero vuelva a fluir para reconstruir el tejido productivo, recuperar los derechos sociales –que nos pretende quitar Bruselas al servicio del gran capital-, y como siempre se ha dicho, “a grandes males, grandes remedios”. No podemos seguir siendo unos bisoños, soñadores, expoliados en manos de meros “administradores” de este peculiar protectorado en que se han convertido las relaciones hispano europeas.

Es hora de un nuevo liderazgo político efectivo y real, de decir la verdad, reconociendo el fracaso de la reforma laboral que el gobierno del PP impulsó al poco de coger el poder, y que sólo ha servido para facilitar el despido. Por consiguiente, lo mismo que se hicieron los Pactos de la Moncloa en la transición para salir de la crisis económica de entonces, se hace preciso algo más que unos pactos políticos sobre contenidos económicos, pues esta situación económica de extrema gravedad incluso requeriría un “gobierno de concentración” que apostara por giros políticos rápidos y eficientes que devolvieran la normalidad económica y social al país, rebajando las durísimas cifras del paro, negociando la deuda exterior con quitas y esperas, y si fuera necesario volver a la moneda nacional saliendo del euro, para poder ajustar las políticas económicas que necesita España –cosa que no se está haciendo ante la insolidaridad de Bruselas y Berlín, que no les interesa-.

Domingo Delgado.


Tras la sorpresiva elección del Papa Francisco, como suele ser habitual, se han desatado los comentarios, informaciones y también los infundios y calumnias sobre su persona. Algo que no es sorprendente. ¡Peor sería la indiferencia! Además, si Jesús fue crucificado, ¿qué puede esperar su vicario en la tierra?

Sin embargo, los enemigos de la Iglesia han laborado estos días en balde para desprestigiar al nuevo Papa, pues no se sostienen las calumnias y difamaciones difundidas –de colaboracionismo con la Junta Militar Argentina-, ya que frente a la sola calumnia sin pruebas, se han logrado importantes testimonios como los del premio Nobel Pérez Esquivel –víctima de la Junta Militar- que ha negado tales difamaciones, reconociendo que en tales circunstancias no fueron pocos los eclesiásticos que intercedieron por detenidos del régimen sin lograr ser atendidos. Pero además, uno de los jesuitas –que aún vive- detenidos por el régimen militar que decían haber sido desatendidos por su superior entonces, el actual Papa Francisco, ha contestado negando los hechos, y confirmando sus buenas relaciones con su entonces superior, aclaradas las difíciles circunstancias de aquellos momentos en Argentina. Como también han aparecido testimonios, justamente en sentido contrario, de ayuda a perseguidos por los militares (como se ha comentado el caso de una jueza perseguida por el régimen, que logró ayuda de Bergoglio). Amén de que una foto que circula por internet –en que aparece Bergoglio dándole la comunión al dictador Videla- ha sido reconocida como montaje, y por tanto falsa.

Al propio tiempo, podríamos contestar a esa izquierda antidemocrática y anti eclesial, que ahora maquina la difamación de quien le debería ser ajeno –por coherencia con su beligerancia antirreligiosa-, ¿qué han hecho ellos ante la persecución política y dictatorial del régimen cubano?, ¿qué hicieron contra el liberticidio dictatorial soviético?, ¿qué quejas internacionales impusieron contra el criminal Pol Pot?, ¿o contra Corea del Norte? Todos ellos, regímenes no menos criminales y liberticidas que la reprobable Dictadura militar argentina.

Sin embargo, no es la peor de las situaciones que pudieran darse, ya que por otro lado, nos encontramos con una acogida favorable que está empezando a generar altas expectativas del pontificado de Francisco, que van desde cambios en la Curia, en la pastoral y en las actitudes y gestos de sencillez y pobreza en la Iglesia –que entrarían dentro del terreno de lo evangélicamente razonable-, hasta aquellos otros que esperan poco menos que un giro copernicano en la Iglesia, que no parece sea ni el perfil ni el planteamiento del nuevo Pontífice.
Siendo así, que es en esos grupos que albergan grandes esperanzas de cambios en la Iglesia, el sector que se puede ver decepcionado –quizá por tan amplias expectativas-, además que no es el estilo habitual de obrar en la Iglesia, cuya evolución es lenta y medida.

En cualquier caso, el reto que tiene el Papa Francisco es grande, pues tras la desaparición de Juan Pablo II con su largo pontificado (que ha facilitado el acceso al episcopado a prelados de talante más conservador de lo que era el propio Papa) que ha favorecido un gobierno eclesial netamente conservador que limitó en gran medida la recepción del Concilio Vaticano II consolidando una Iglesia clerical –combinada con el apoyo oficial a movimientos laicales de tipo conservador-, y el pontificado de Benedicto XVI -básicamente fundado en su actividad teológica-magisterial-, tiene complicados los cambios.

Si bien, parece del todo punto necesaria la profundización de la apertura de la Iglesia al mundo –iniciada en el Concilio Vaticano II-, que la acerque a los “signos de los tiempos” interpretándolos a la luz del Evangelio y actuando en consecuencia, pues el mundo actual requiere una voz profética que ilumine su sentido y su camino, y en ese punto la Iglesia tiene que recuperar su condición profética y misionera con una coherencia que la haga creíble. Y esto sí parece que el Papa Francisco puede y quiere llevarlo a cabo, con especial énfasis en los pobres, y en el servicio, según ha venido indicando.

También parece que Francisco, siendo un hombre de Iglesia, no parece que la contemple desde el prisma clerical –según alguno de sus comentarios difundido estos días-. Extremo este que tiene gran importancia, y que abriría también otra considerable vía de profundos cambios, en la posible consideración de la Iglesia como “Pueblo de Dios” –según declaración del Concilio Vaticano II-, el “nuevo Israel” itinerante al encuentro con el Padre, que lo vive y lo celebra de forma comunitaria. Y de esa forma, cobran sentido los servicios eclesiales y no sólo el presbiterio (pues se puede y debe potenciar el diaconado permanente, y los demás servicios en la Iglesia), de forma que se lleve al laicado el claro mensaje que también son Iglesia activa, no pasiva –meros consumidores sacramentales y rituales-, para dinamizar la vida eclesial en el viejo continente europeo –que se ha esclerotizado-, y en el resto del mundo –donde paradójicamente tiene más dinamismo-.
Ahora bien, fuera de esos ámbitos de cambio -¡y están por ver…!-. No creemos que se produzcan otros, salvo sorpresa mayúscula. Acaso, porque en otro ámbito mayor podrían ser contraproducentes en sus efectos, contra la propia unidad e identidad eclesial del cristianismo según la versión católica.
                    
Domingo Delgado.

        
Estos días posteriores a la retirada del dimisionario Benedicto XVI, en que están llegando los cardenales al Vaticano para iniciar el cónclave que elija el nuevo Papa, aquellos están teniendo tensas reuniones sobre la situación del gobierno de la Iglesia, y el Vatileaks que la ha sacudido.

Tal es así que en las reuniones previas, en que se ha dado información a los príncipes eclesiásticos del affaire vaticano, previo compromiso de tajante silencio, está filtrándose la confrontación y disgusto por el estado actual en que ha quedado la Iglesia a nivel de opinión pública, especialmente dañada por el descrédito moral de los casos de escándalos de pederastia más o menos tapados en su seno, así como los de las corruptelas de gobierno en la misma “sede de Pedro”, con espionajes, escándalos financieros, y demás corruptelas, que hacen que se mancille la imagen de la Iglesia a nivel mundial, y que esas situaciones solapen la benemérita labor eclesial entre los pobres del mundo, pero naturalmente en otras latitudes, y en otros ámbitos eclesiásticos más sencillos y obedientes al propio Evangelio de Jesús, de lo que está demostrando ser la propia cúpula vaticana.

Pero, como si no se quisieran dar cuenta del grave daño infligido a la Iglesia, porque siguen en sus propios intereses de poder e influencia –como en la más ruda y mundana política-, parte de los cardenales electores se muestran divididos en torno a dos facciones principales, por un lado la facción curial –de defensa del “statu quo” de la misma curia vaticana-, en cuyo seno se han dado parte de los escándalos y corruptelas, que la hace poco ejemplar y escasamente evangélica, en la que incluso se habían dado enfrentamientos durante el desgobierno de Benedicto XVI que trascendieron y apuntaban a los cardenales Bertone y Sodano; pero que en la actualidad, para defender sus intereses de poder y no perder el gobierno eclesial se han aliado para sacar adelante una candidatura que sea de los suyos, que les favorezca.

Por otro lado, está otra facción que se ha dado en denominar “pastoralista”, que tiene agrupados a los cardenales americanos y alemanes, que tienen la idea que la Iglesia ha tocado fondo en la pérdida de influencia moral ante el mundo, y propugnan una renovación en el gobierno de la Iglesia para la regeneración moral de esta, abundando en la idea de apertura de “puertas y ventanas” para que corra el viento y se lleve cualquier recuerdo hediondo. Además son las comunidades de mayor aportación económica, y eso también parece que lo quieren hacer valer.

En todo caso, se presenta un cónclave con tensiones, en las que se evidencian las incoherencias humanas de algunos denominados “padres de la Iglesia”, que arrastran consigo una eclesiología trasnochada sobre la base de una especie de principado medieval, de una religión ritual dogmática, clerical, cerrada, piramidal –obediente para los de las bases-, que aparenta estar internamente dividida no sólo en facciones de poder electoral de cara al cónclave, sino en multitud de facciones que en su seno se agrupan con su peculiar visión católica –que so pretexto de aportación carismática- representan auténticos poderes fácticos cada vez más definidos y posicionados, que interfieren en la auténtica, sincera y sencilla unión de los propios católicos –que sería más que deseable, además de paso previo al ansiado ecumenismo- para la necesaria unión de los cristianos, sin la cual falta el testimonio de comunión y amor fraterno que se predica en el nombre de Jesús. Todo lo cual pasa por seguir con autenticidad a Jesús, lo que implica sencillez, apertura fraterna en la caridad, y volver la mirada a los apóstoles, a los 12 de Galilea, que resulta harto difícil ubicarlos en una monarquía teocrática medieval en pleno siglo XXI, donde la idea de servicio queda muy apagada en una incoherente e insincera retórica clerical.

Domingo Delgado

La Diputada y líder de UPyD, Rosa Díez, hizo un valiente y atinado análisis de la realidad política, económica y social de España en su discurso en el Congreso, durante el debate del estado de la Nación.

Rosa Díez hizo un repaso de la gravedad de la situación socio-económica de España, pero sobre todo se detuvo en la hondura de la crisis política que envuelve toda la problemática española actual, con un régimen constitucional de la transición agotado, dado que apostó por un bipartidismo que enraizó un sistema de dominación política de los aparatos políticos del PP y del PSOE –únicos partidos mayoritarios de relevo en la acción de gobierno-, que ha dado lugar a la instalación de una corrupción sistémica por la falta de control efectivo de parcelas de poder con opacidad –sobre la base de la financiación ilegal de los partidos políticos-.

Pero también, la diputada de UPyD puso de manifiesto la esclerosis de la maquinaria del Estado repartido entre diversos núcleos de poder autonómico, cada vez más desiguales, que de la mano del nacionalismo periférico separatista han gestado una ingobernabilidad cada vez más preocupante, en lo político, una inviabilidad en lo económico, y un asfixiante liberticidio social, por el cercenamiento de derechos civiles en territorios de nacionalismo periférico militante que aspira a la desigualdad y al privilegio impropio de cualquier Estado moderno de Derecho.

Por todo ello, Rosa Díez ha sido valiente,  en sus conclusiones ante este preocupante análisis del estado de la Nación, al pedir un nuevo proceso constituyente que reforme la Constitución vigente para modernizar la actual estructura estatal de forma que se dote de mayor eficacia y coordinación para hacer frente a los auténticos problemas que preocupan a los ciudadanos, y alivie las cargas del gasto público redimensionando las Administraciones y los órganos políticos duplicados, que hasta el momento el PP se ha mostrado incapaz de acometer tales reformas aunque en su día dijo pretenderlo.

Así las cosas, ante los anodinos discursos del presidente del gobierno y del líder de la oposición socialista, Díez ha ido al meollo de la cuestión –en el escaso tiempo de que disponía-, con un lenguaje directo y claro con el que sitúa la cuestión base de su discurso, que abiertamente ha apostado por el abordaje real de la problemática política que colapsa el sistema democrático español, en lo que ella ubica las causas de los demás males, como la corrupción y la propia ineficacia, para que de esa forma se pueda superar el importante reto que tenemos planteado los españoles, y que demanda drásticas y eficaces soluciones, en vez de palabrería vacua, o escenografía gastada, que ya no engaña a nadie.

Sin embargo, no creemos que el artero cálculo político de Rajoy –encumbrado en el poder de su mayoría absoluta-, haga oído de este análisis ni de estas peticiones, para no reconocer si quiera  el mérito de la propuesta a nadie –y porque sus intereses partidistas se verían dañados-. Aunque la ciudadanía sufriente, si llega a tener un colectivo despertar escuchará a unos y otros, y tomará debida nota. No creo que caiga en el vacío, aunque por lo dicho, no esperamos ningún giro de la política gubernamental en la línea apuntada por Rosa Díez.

Domingo Delgado.                                     

Según la estadística del Ministerio de Justicia, el año pasado se celebraron en Murcia 2560 uniones civiles, frente a 2338 de matrimonios religiosos, lo que representa por un lado un descenso de la nupcialidad respecto a cifras de años anteriores, y por otro lado, una preferente por la opción civil del matrimonio en nuestra Comunidad.

Estos datos de importante significación demográfica ponen de manifiesto varias cuestiones, que sociológicamente habría que considerar por sus efectos prácticos en políticas públicas, y sobre todo por la relativa pérdida de influencia sociológica de la religión en el modo de vida del murciano común.

Aunque de entrada habríamos de considerar otro importante hecho de nuestro tiempo, que son las uniones de hecho, o cohabitaciones "more uxorio" de parejas que –ante las dificultades económicas y sociales de nuestros días- optan por emprender una mera convivencia de hecho, inscribiéndose o no en el registro administrativo al efecto, para iniciar una vida juntos, en lo que supone también una importante variación en las costumbres sociales de la formación de núcleos familiares, que por cierto, también son cada vez más pequeños por imperativos de la propia vida socio-económica actual, que hace extraordinariamente difícil constituir una familia, y sobre todo si tiene la consideración de numerosa, pues nuestra sociedad y las Instituciones Públicas no han ayudado a este tipo de familias con apoyos sociales, como se han dado en otros países de Europa.

Por tanto, esa falta de ayudas a las familias, no sólo no ha traído la disminución de las familias en número matrimonial, sino también en número de miembros de las familias, con la consiguiente y alarmante reducción de la fecundidad, que en nuestro país no llega a asegurar el relevo demográfico generacional, con los perniciosos efectos que tal hecho tendrá en el sistema de pensiones al propiciarse la inversión de la base piramidal de la población (con mayor número de jubilados que trabajadores activos, y menores para el relevo generacional), que hará inviable el actual sistema de previsión.

Así pues a nadie ha de extrañar el descenso de la natalidad y aún de la nupcialidad en nuestro país, habida cuenta el incremento de las dificultades económicas derivadas de la crisis económica, y sobre todo de una sociedad que –cada vez más- incrementa los niveles de paro especialmente en el ámbito juvenil, con un sistema laboral que no garantiza estabilidad en el empleo y que dificulta enormemente –con grandes demoras de 6 a 10 años- en la incorporación de los jóvenes al mundo laboral, respecto de generaciones pasadas; hecho, que también incide notoriamente en la formación de familias, como no puede ser de otro modo.

Pero sobre todo, hemos de deducir otro importante dato de la lectura de la referida estadística, y es el progresivo e importante grado de secularización de la sociedad murciana, al inclinarse mayoritariamente por el matrimonio civil frente al religioso, lo que indica también un considerable grado de desafección del hecho religioso –tradicionalmente arraigado en la sociedad murciana-, pero que más allá de aspectos culturales puntualmente indicados (procesiones de Semana Santa, y poco más), vive de espaldas al fenómeno religioso, acaso por falta de convicciones religiosas, quizá por hacer su propia y particular síntesis de fe, o imbuidos de nuestra sociedad consumista, hedonista y cada vez más individualista, no quieren comprometerse con promesas de convivencia vitalicia dentro de los cánones eclesiásticos derivados del sacramento matrimonial. Hecho, que también pone de manifiesto la progresiva pérdida de influencia social de la Iglesia como institución, que también habría de hacer su propia relectura y reflexionar cómo frenar el incremento progresivo de tal desafección.