Juan Tomás Frutos


Mi compañero Jorge me suele decir que los tiempos son los que son. Se refiere a mucho, contextualiza mucho, con una frase tan sencilla. Quizá por eso de vez en cuando hemos de reflexionar sobre lo que somos y lo que tenemos, acerca de cómo nos comportamos y sobre las actitudes que generamos con las personas de nuestro entorno.    

Las posturas beligerantes de algunos conciudadanos, las de insolidaridad, las de una cierta amargura propia y proyectada, nos generan niveles de tensión que no suelen conducirnos a ninguna meta loable. No sé si se han planteado la paradoja de ver a gentes de bien, que aman a sus familias, haciendo actos o diciendo palabras que no les pertenecen, que nos les pegan, que rompen la visión que tenemos de ellos/as.

Sí, es como si se transformasen. Personas que creemos equilibradas y bondadosas hacen gestos, y algo más que gestos, que provocan dolor y antipatías, rupturas y penas, lágrimas y tristezas… Es increíble que el ser humano, pero así es, se muestre capaz de lo mejor y de lo peor.

Es verdad también que hay compañeros/as que a priori también se les ve que van por mal camino. Aún así, tienen resquicios de buen comportamiento, aunque pueda ser fingido, con los seres de sus clanes o de sus propias familias. Cuando los vemos ahí, nos preguntamos qué ha pasado para que el lado bueno de la fuerza no les haya ganado un poco más. En todo caso, tengamos presente que siempre puede ganar la ilusión y el optimismo. Es cuestión de despertar a estos conceptos.

Los hay irreductibles. Gentes que sabemos que nacieron para complicarse y complicar la vida a los demás. Son recuperables, imagino, espero, pero es difícil que ello pueda ser así.  De estos, al menos a priori, lo mejor es alejarse, o, cuando menos, intentarán amargarnos la existencia. No debemos dejarlos.

Quizá una perspectiva para mejorar nuestra actitud y la de los demás, para que se produzcan consensos y cercanías, para que arreglemos algunos estados más o menos complicados, quizá, digo, pueda ser que nos veamos como seres que aman y que son amados. No me explico cómo una persona que es capaz de amar, a la que quieren también, se dedican a hacer daño a otros, buscando fracasos colectivos, haciendo injerencias extrañas, procurando malas famas o despreciando las tareas que tanta dedicación y esfuerzo consumen… No lo entiendo, de veras.

Hacer el bien

Decía San Agustín que con amar bastaba, pero, claro, habría que añadir que haz el bien y no mires a quien, pues, si somos selectivos, qué mérito tiene, como dijo Jesús a su querido primo Santiago. Además, cuando despreciamos, cuando somos pésimos, cuando dejamos de lado nuestros deberes societarios, nos faltamos al respecto a nosotros mismos, y a aquellos que creen en nosotros. La confianza, si es de verdad, hay que defenderla en toda nuestra existencia. No debe haber resquicios o fallas de más o menos envergadura.

Es cierto que, cuando nos reconocemos en el amor, somos más capaces y menos dañinos. Por ahí debemos ir en la actitud. Miremos, como dice El Principito, con el corazón; y, desde la óptica del amor, avancemos sin que los rencores, el odio y las malas artes nos ganen la partida. Sintámonos amados. Saben que funciona.

Juan TOMÁS FRUTOS.


Toda la vida es una búsqueda, a menudo lenta, con sus sencillas complicaciones, entre impresiones más o menos lúcidas que nos arrastran hacia unas intuitivas percepciones que no siempre cuajan como nos gustaría, lo cual es normal, o me lo parece. El caso es que luchamos, siempre luchamos, mientras tratamos de avanzar por sendas y veredas de luces y de sombras en pos de una felicidad que puede ser esquiva por el deseo presuroso o por mil circunstancias que pueden tener que ver con que no aportamos, consciente o inconscientemente, la suficiente entereza y fuerza.

Elucubramos con  cierta recurrencia y asiduidad muchos conceptos esenciales, que, en teoría, albergamos muy nítidos en nuestras retinas, en nuestras mentes, puede que hasta en nuestros corazones, pero la verdad es que acompañarlos con realidades es complejo, pues a veces nos faltan agallas, o tenemos demasiado pudor, o bien nos inquietamos en exceso, o puede que callemos cuando no debemos...

La paz es universal, como es la bondad, como el amor, como la solidaridad, como la tolerancia y el respeto, como la cesión, como la interlocución, como el equilibrio y la moderación, como el afán de la justicia y del buen comportamiento. Podríamos poner toda una hilera de ocasiones que nos permitirían sumar como personas y ser más humanos y calmados en nuestras actitudes y en las cosechas que nos aportan.

La existencia del ser cognitivo se sustenta en la persecución de intenciones, de hechos, de ideas, en la complementación de expresiones y de actitudes que han de ser causas y consecuencias de los eventos cotidianos, que deberían basarse en la fe, en la esperanza, en las emociones. Lo positivo opera milagros, más de los que se perciben.

Fernández-Ardanaz subraya que nos abocamos a la experiencia desde las actividades diarias, resultantes de las fórmulas cumplimentadas de valores genuinamente extendidos a través del genoma humano. No somos lo que decimos, sino lo que hacemos, lo que nos atrevemos a desarrollar. Todo es, debería, una pura actividad libre, sin determinismos.  Cada cual es dueño de escoger su camino, aunque en ocasiones sea mucho más difícil para unos que para otros.
Me recalca un amigo que el romanticismo es incorregible, y yo añado que gracias a Dios. Mimemos, por ende, los corazones cada jornada en un acto de fecundidad en pos de la confianza, que nos permitirá creer en las opciones de un ser humano amenazado, ante todo, por él mismo. Pese a los equívocos, la situación puede mudarse y mejorar. Lo espero así desde hace años.

Diversos anhelos

En esas constantes pretensiones que enumero, siempre se hallan anhelos de amor, de solidaridad, de tranquilidad, de salud, de alegría, de buenos momentos, de fines ganados desde lo imposible. Deseamos el dulzor de la mañana, como la calma de la infancia, la perspectiva de la inocencia, o las garantías de quienes nos quieren de verdad y nos lo demuestran.
Buscamos coyunturas y estructuras diversas, y el conocimiento de las sensaciones más o menos desgranadas. Intervenimos, o debemos, para corregir los errores y fomentar las más óptimas vibraciones con el objetivo de que todo vaya por el camino de la cordura y del afecto casi a partes iguales.

La existencia humana es un quehacer continuo y continuado para acercarnos a las ópticas que nos hacen constituirnos en la química adecuada, en consonancia con nosotros mismos. Andamos, de algún modo, camino de perfección, que diría mi querido Pío Baroja. De conseguirlo, paramos en la posada o en el puerto idóneo cuando estamos al final del ciclo. Parece lógico. El Santón de Kim lo experimentó, y así nos lo relata Rudyard Kipling. Lo cierto es que ese aprendizaje lo hemos escuchado desde antiguo, y los más mayores nos lo cantan, nos lo rezan, nos lo expresan sin que sepamos lo que nos quieren referir hasta que esas sensaciones son ya nuestras. La edad nos trae esa cosecha, que se impregna paulatinamente en la piel.

La curiosidad es propia del ser cognitivo, que quiere saber, que desea el encuentro con lo desconocido, con lo inexplicable. Estamos en busca del viento que nos conduce por las coordenadas necesarias para saber que el punto de llegada siempre fue el que, incluso sin vislumbrarlo, anduvimos soñando. Para ello, lo aconsejable es tener los ojos bien abiertos y el corazón a la escucha, así como una mentalidad expansiva. La búsqueda en la acepción que aquí sostenemos es igual a vida. Por lo tanto, para saber si existimos nos hemos de preguntar sin todavía perseguimos algo. La respuesta no admite esperas.

Juan TOMÁS FRUTOS.


Miremos el quehacer diario, y tratemos de encontrar las posibilidades y las empatías necesarias para no quedarnos atrás. Precisamos fórmulas basadas en el quehacer diario, en no quedarnos solos, defendiendo que lo esencial salga adelante y funcione. No es fácil, pero hemos de intentarlo hasta conseguirlo.

La existencia ha de estar sometida a un constante escrutinio, y no con el afán de atosigar o presionar en ningún sentido, sino para darnos la ocasión de ir mejorando en base a las circunstancias que en cada momento vayamos viviendo. Vislumbremos el presente en pos del futuro.

No rompamos las líneas que nos pueden unir a la felicidad. Necesitamos bastantes dosis de energías, muchas, para dar con esa voluntad que puede ser salida hacia el tono celeste de un discurrir maravilloso entregado a las opciones fundamentales.

No es, ni mucho menos, malo que cuestionemos lo que hacemos cada día. Nos hemos de enfrentar a las razones y a las opciones que nos proporcionan los diferentes personajes que aparecen en nuestro entorno. Hemos de valorarlos. De todos podemos aprender, y a todos ellos hemos de darles entereza para que funcionen en ellos los elementos que consideramos cruciales.

Es preciso, sin duda, que escrutemos lo que sucede alrededor. Debemos intentar que nuestra guía sea la felicidad. Podemos acercarnos a ella, saborearla, compartirla, ser personas, en definitiva. Compensemos los esfuerzos. No dejemos que las brumas nos ganen las partidas.

No consintamos que nuestros pasos sean nulos. Prediquemos con ejemplos. Invirtamos nuestro tiempo en buenos propósitos. Nada justifica los medios empleados en función de un fin. No seamos egoístas. Las personas han de estar en el frontispicio de nuestras actividades. Preservemos los sentimientos. Seamos magnánimos y dignos en nuestro proceder.

Situemos los límites ante la sinrazón. No vivamos en paraguas que no nos sirven. Empleemos las palabras como bases de nuestras distinciones e intereses. Apaguemos los fuegos que se produzcan en el entorno. No apliquemos recetas insensatas e inservibles.

Por otro lado, hemos de cambiar para mejor. Nos debe gustar aquello que es considerablemente bueno para el colectivo. Pidamos opiniones, y pongámoslas en práctica. Los días no han de pasar en vano.

Sigamos con calma el curso cotidiano. Todo tiene su porqué aunque no siempre lo intuyamos. Ahuyentemos el miedo. Estudiemos los casos que se nos presenten y seamos previsores. Hemos de aprender cada día con mesura virtuosa. El estudio paciente ofrece óptimos resultados desde premisas que hemos de validar acudiendo a varias fuentes para conocer diversas opiniones e intenciones.

Hemos de circular por nuestras circunstancias vitales con los ojos abiertos y los corazones prestos a interpretar los vocablos pronunciados y los silencios que se produzcan. Empecemos sin celeridades y desarrollemos las indagaciones con el mismo sesgo. No hay prisa, no debe haberla, si hablamos de vivir, que ha de ser algo cierto, palpable e interesante. No todo es ganar, no todo es una aparente victoria.

Juan TOMÁS FRUTOS.


El mundo se ha vuelto un poco loco. Bueno, un poco no. Mucho. Todo está dando vueltas. El otro día vi una obra de teatro infantil, “Por fin”, donde los personajes, en tono de humor y como aviso a los navegantes más jóvenes, decían que no les gustaba el estado de cosas en las que nos hallamos y que, en consecuencia, según añadían, había que darles una vuelta. Así debería ser.

Hay, a tenor de lo que destacan los expertos, mucha demencia en distintos grados. Corremos demasiado sin saber por qué ni para qué, y nos saltamos muchos semáforos existenciales, tanto en la realidad como a nivel interno. De esta guisa rompemos experiencias y tiempos y lo desordenamos todo. Además, las prisas nos hacen gritar, acelerarnos, no entendernos, desaprovechar ocasiones, no verlas tan siquiera, estrenarnos tarde, mal dormir, mal vivir, entristecernos, y no sacar partido a los sentimientos, que milagrosamente son muchos más en cantidad y calidad de los que percibimos.

Las torpezas que protagonizamos reiteradamente provocan que no veamos que la vida se extingue, y quizá por eso no sabemos optimizar cuanto sucede. Hay un estado del bienestar que se nos va por una ventana que hemos abierto precipitada e inconscientemente. Una locura más, como tantas cosas.

Por demencia también nos sentimos solos, andamos en compañías equivocadas, sin las oportunas y suficientes sonrisas. A mi juicio, precisamos dosis de jovialidad que nos hagan sentirnos contentos, tiernos, suaves, en positivo. Debemos transformarnos interiormente, de dentro para fuera.

El otro día me tope con una definición de locura que me encanta. Nos decía Einstein que “locura es hacer una cosa, la misma cosa, una y otra vez, esperando resultados diferentes”. Creo que cuando aguardamos milagros sin realizar nada al respecto andamos en ese tipo de problemas sobre la visión de la realidad a los que aquí aludimos.

El propósito debe ser nítido: hemos de tirar hacia delante, incluso en estos momentos de derrota, que son terribles para muchos. Debemos convenir con Helen Rowland que “las locuras que más se lamentan en la vida de un hombre son las que no se cometieron cuando se tuvo la oportunidad”. Realmente es así. Hemos de ser un poco más desafiantes con el destino, sobre todo cuando éste no viene de cara.

Hablando de locuras, debo decir que también me apasiona esa trilogía de pasión o amor con ciencia e inteligencia en torno a una óptica caótica de la existencia misma. El querer nos vuelve un poco locos en lo bueno y en lo malo. Lo ideal es dar con el equilibrio real dentro de un camino de sueños. Parece sencillo, pero sólo lo parece. Elucubremos, pues, sin falsos entusiasmos. Seamos originales y auténticos desde la máxima humildad.

Necesidad de arriesgar

El caso es que no siempre miramos con sagacidad lo que se nos plantea, lo que ocurre. El reto está ahí, y hemos de superarlo. Por ello nos decía Carlo Dossi que “los locos abren los caminos que más tarde recorren los sabios”. El sentido de riesgo, de apostarlo todo, incluso la vida y su bienestar, está en el ámbito de la sinrazón, y es “lógico” que sea de esta guisa.

Tenemos muchas capacidades que no siempre ejecutamos por falta de valor, porque pensamos que podemos fracasar. De ser así, tampoco pasa nada. Eso creo yo.

Y, si no somos muy valientes, porque la locura quizá nos frena, sí podemos serlo un poco, un poquito: recordemos a San Agustín cuando nos subrayaba que una vez al año se pueden hacer locuras. Yo diría que se deben. Es posible que podamos extender este aserto y desarrollar ciertos comportamientos dementes al menos durante un año de nuestras vidas con el peligro, claro, de que nos habituemos. Las crisis son puentes para opciones nuevas. Puede que la ocasión esté más próxima de lo que pensamos. Puede incluso que sea más de una.

Juan TOMÁS FRUTOS.


Tengo un amigo que me repite constantemente una obviedad cuando me dice que cada jornada a las 12:00 horas (bueno, luego resulta que es a todas horas) nos dan la situación de las bolsas españolas, europeas y mundiales, y aceptamos, casi como un dogma, que la coyuntura está de un determinado calado, a menudo sin entender nada, para al día siguiente toparnos con una realidad bien distinta, sin que sepamos muy bien el porqué. Me insiste en que hemos sustituido los Dioses del Olimpo griego o de la era que fuere por otros dioses económicos cuyos comportamientos parecen tan caprichosos y arbitrarios como los de aquellos. Sí, sé que hay unas líneas maestras y unas leyes del mercado. Todo eso lo sé, pero imagino que esas normas las conocen más gentes, y, pese a ser conocidas, todo está disparatado, y más y más…

Los mercados empeoran, mejoran, vuelven a empeorar. En ocasiones, la crisis golpea más a unos países que a otros, y luego el ciclo, corto en este caso, de días, los lleva, a los mejor situados, por otros derroteros. Por continentes parece que la globalización fagocita a todos excepto a potencias como China, o emergentes como India o Brasil (lo de emergentes es una forma de hablar). Los vaivenes se suceden sin un orden lógico. Lo cierto es que entendemos poco, al menos yo, pues la impresión captada es que ganan los más fuertes, y eso no deja de ser injusto, por mucha ley natural que haya detrás.

Además, para los que no comprendemos el cosmos financiero, sí parece evidente que la inseguridad que se genera en los mercados con estos trasiegos no es, ni mucho menos, buena para la economía, cada vez más vapuleada y con menos futuro, a pesar de las renuncias, sacrificios y entregas de muchos, de los que menos poseen. Se tercia, por lo tanto, hoy en día, la necesidad de un sustento dinerario que nos aparte de esta locura en la que nos encontramos, porque es así, un poco huérfanos, a la vez que dejados de la mano de los que más poseen, que nos ahogan en sensaciones de dolor, de soledad, y de infamia incluso.

Ha cambiado mucho el cuento desde ese mercado que conocía mi abuela, ése en el que se veían los productos y se les ponía precio. A veces el valor que se daba a bienes o servicios era elevado, y otras más bien se diseñaba escaso, pero siempre había unos aspectos visibles sobre los que maniobrar y tomar decisiones. Ahora no.

Ahora los mercados, los que deciden sobre vidas y patrimonios, sobre felicidades, amores y salubridades, están alejados de la mirada de los sencillos mortales. No contemplamos el origen de sus acciones, las motivaciones por los que se alzan o decaen. No descubrimos al cien por cien sus comportamientos, ni tampoco parecen previsibles. Son, más bien, demonios que devoran a los hijos por los que deberían velar, pues, después de todo, ¿para qué son los mercados, para que debieran ser, si no los entendemos, en su planteamiento específico, como el fundamento del bienestar societario?

Hay algo que han olvidado estos dichosos mercados, y sus supuestos dueños, que se consideran tan dioses como inmortales, y es que no tienen sentido sin todos nosotros, sin los ciudadanos de a pie. Estamos en crisis porque la perspectiva de los valores universales presenta un eje más que trastocado y roto, más que sometido a intereses que no son objetivos comunes.

Los que gobiernan las finanzas piensan que los ciudadanos están para servir sus deseos y para aguantar sus atropellos. Yo creo, no obstante, que existen para procurarnos una dicha que nos fracturan todos los días en forma de desempleo y de carestías en cuestiones básicas. Estimo que no hay otra opción que la de humanizar las cuentas, la economía, todo lo que huela a dinero, o, de lo contrario, en esa búsqueda de ganancias o de supervivencias, no quedará ni siquiera lo más honroso, esto es, nuestros corazones, algo que, por desgracia, ya comenzamos a saber.

Juan TOMÁS FRUTOS.

Las prisas nunca son buenas acompañantes. Tampoco nos dan buenas impresiones. Cuando vemos a alguien correr pensamos que algo ha fallado, que ha habido retrasos importantes, o que nos enfrentamos, se enfrenta, él, quizá todos, a una falta de previsión. Las celeridades las equiparamos a peligros, reales o imaginarios. Ir con ellas entraña que se nos pueda escapar algo, pues podemos estar más pendientes de lo urgente que de lo importante.

Por eso, cuando alguien utiliza la palabra urgencia, o una parecida, la de emergencia, nos vienen a la mente, y también al corazón, estampas de problemas, de agobios, de desasosiegos, de dolor, de pena, de fracaso, de vértigo incluso.

Es cierto que las emergencias también se pueden ver desde el lado del que ayuda, del que presta su mano y su cuerpo, su vida y sus experiencias, sus opciones, sus oportunidades de mejorar, de avanzar, de afrontar las inclemencias o las condiciones adversas para seguir adelante desde el compromiso societario y solidario. La urgencia tiene aparejada la estampa de la solidaridad, de la bondad de quienes arriesgan por mejorar ante el trance de otro.

Sinceramente creo que la mejor emergencia es la que no se produce, esto es, la que podemos prever o evitar, pero entiendo que eso es imposible. No todo se puede plantear a priori, ni todo nos viene por los caminos imaginados. La vida tiene sus libertades, y es bueno que sea así. Los modos controlados no son nunca buenos.

También es verdad que hay emergencias que se producen, que nos acontecen, que son buenas, y que lo son -urgencias, correr, prisas, un poco de locura- por mucho que las esperemos. Un nacimiento, la llegada de una persona querida a nuestras vidas, supone una hilera de momentos de aceleraciones, pero que, entrañan, pese a la zozobra, un magnífico acontecer. La ilusión que se une a la emergencia, en este caso, lo compensa todo. Asumimos que el paso nos viene marcado para un fin loable, extraordinario, hermoso. Este tipo de vicisitudes son magníficas.

No obstante, hoy en día estamos demasiado rodeados de emergencias complejas, raras, extrañas, duras, de situaciones cargadas de un exceso de prontitud. Queremos las cosas para ayer, o anteayer, y así no hay manera de terminar, pues, con tanta vehemencia y alteración por concluir, no siempre damos con la tecla adecuada, bien sea por los nervios, o porque nos mostramos un tanto obtusos y ofuscados por el afán desmedido por arribar al todo, que, de esta guisa, se convierte en nada.

Afrontar el día a día

El consejo, que no siempre podremos cumplir, es que hemos de ir en todo poco a poco, pues así se solventan antes los problemas, y, en paralelo, se consolidan las posiciones y las actitudes que pretenden solucionar lo que ocurre con una definición de implicación positiva. Solo se vive una vez, y eso, amén de enfrentarnos al riesgo, supone igualmente una provechosa metodología.

Planificar es bueno, pues nos adelantamos a las situaciones de crisis. Si no a todas, a algunas, y, cuando menos, podemos saber cuál puede ser nuestro comportamiento personal ante ellas. Hemos de coger rutas desde la premisa del ensayo, de la práctica cotidiana. Somos seres de costumbres: es defendible que nos habituemos en positivo ante las circunstancias de toda índole y los condicionantes tanto internos como externos.

No podemos evitar las emergencias. Ésta es una ingente verdad. Las hay de todo pelaje. Lo que sí podemos hacer es afrontarlas con fuerza y tesón, sabiendo qué hacer o cómo comportarnos. Las crisis permanentes suelen ser aquellas que implican la no aceptación de un duelo y que llevan aparejadas la incertidumbre o la parálisis a la hora de salir de él.

Meditar sobre ello y ejecutar acciones al respecto es trabajar por nuestro futuro. El que piense que no tendrá situaciones de emergencia no tiene los pies en el suelo. Lo que nos podrá diferenciar, si es el caso, es cómo nos entregamos al destino cuando llegue el momento. Sepamos verlo. Como dirían en la Antigua Roma, ¡Fuerza y Honor!

Juan TOMÁS FRUTOS.


Me recordaba, y aún me recuerda, por fortuna, mi padre que quien tiene un amigo tiene un tesoro. No lo entendía del todo cuando era pequeño. Supongo que era así porque de infantes la vida suele ser generosa y lo normal es que estemos rodeados de auténticos amigos que en un número ingente nos envuelven con sus halos de felicidad hasta tal punto que para nosotros eso es lo natural. Lo vemos, por lo tanto, como normal, tanto como el aire que respiramos.

Luego, por desgracia en este caso, el  tiempo nos envuelve con sus mantos de socialización, e inexplicablemente se nos quedan por el camino muchos de esos amigos. Tengo una persona muy querida que me reitera que las amistades que no continúan no lo son verdaderamente. Creo que tiene razón.

Lo bueno de la vida es que lo que nos quita por un lado nos lo da por otro. Las gentes, las buenas, van y vienen, y, por suerte, no andamos solos si tenemos entrega y convicción para seguir adelante.

Siendo positivos, es lógico que reconozcamos que hay amistades como las de la infancia, las buenas, las que nos legan leyendas y comienzos venturosos, que lo son para siempre, como dice la canción. Las recordamos con la nostalgia de que cualquier tiempo pasado fue mejor. No obstante, hay que mirar al futuro, porque sinceramente estimo que está repleto de opciones de dicha. Eso sí: precisamos saber mirar con el corazón, como nos indicaría El Principito.

Al igual que en Periodismo nos refería el maestro Kapuscinski que no cabe el cinismo, tampoco ha de tener presencia en una relación de amistad. La autenticidad es la base de una relación de amigos, que han de verse como hermanos, y que, fundamentalmente, se han de comprender en las situaciones más complejas, donde se descubrirán de verdad.

La vida es eso que nos empeñamos en controlar hasta que se acaba. En ella encontramos de todo. Uno de sus dones son las personas que nos quieren de manera genuina, sin tapujos, sin condiciones, valorando lo que somos y cómo somos, sin desear cambiarnos, sin pedir nada a cambio.  Con esas gentes podemos ser felices. Nuestro esfuerzo se ha de dirigir a descubrirlas y a valorarlas, amén de conservarlas como esa riqueza no extinguible que son.

Potenciar las amistades es casi un deber societario. Debería serlo. Desde esa textura se construye todo lo que merece la pena.  Somos en la medida en que nos reconocemos con los demás, según Chomsky y Umberto Eco. Por eso debemos mostrar agallas y energía en la defensa y el sustento de lo humano desde la amistad y el amor. Si éste nos falta, no somos nada, aunque tengamos todo el oro y el dinero del mundo. Una perspectiva cambiada nos ha llevado a la actual crisis de identidad.

Se aprende de todos

Sé que dar con amigos, que descubrir si lo son, que perderlos, que verlos flaquear, que experimentar desengaños, es fatigoso y hasta doloroso. A menudo nos decimos que habríamos preferido no haberlos conocido. No es verdad. De todos se aprende. Lo que las relaciones no nos deben aportar es desencuentros con otras personas, ni recelos universales, ni desconfianza en el ser humano. Lo mismo que unos se marchan aparecen otros, aunque no sea con idéntica facilidad. Hemos de sacar el más óptimo provecho intelectual y espiritual de cada ocasión, que siempre es irrepetible. Se cierran puertas de amistades, y se abren otras, quizá mucho más deseables y fructíferas.

La vida es maravillosa. Su hermosura es consecuencia de los buenos actos, que siempre son más grandes y más fuertes que los malos, aunque genéricamente no lo advirtamos de esta guisa. Las humildes y a menudo desconocidas acciones societarias e individuales de defensa de lo humano, de todo lo humano, superan con creces a las nefastas. Ocurre, sin embargo, que hacen menos ruido. De ahí, quizá, este escrito. Estamos, estoy, con la bendita mayoría que cree en el prójimo, en el otro, y que pone su costado para que la cuesta sea más llevadera. Hablo de los amigos, de los que lo son, aunque no siempre los reconozcamos.

Juan TOMÁS FRUTOS.


Dicen que los alemanes piensan que los españoles somos poco trabajadores (creo que señalan que estamos muy ociosos, pero con un sentido negativo), corruptos y, por ende, desconfían de nosotros. Son los últimos datos de una encuesta del Observatorio Marca España. Lo cierto es que siempre me ha preocupado la altura moral de un país, de unos ciudadanos, cuando se sienten capaces de hablar mal de otros. Me ha preocupado, sinceramente, porque las opiniones genéricas sobre nacionales de otros Estados suelen estar cargadas de tópicos, de duros estereotipos, de palabras mal intencionadas y de un desconocimiento supino, actitudes éstas que complican mucho la comunicación y el entendimiento.

Yo, sin más dilación, invitaría a los alemanes a venir más a España, pero no entre prisas, sino con hábitos de conocerla de verdad, para lo cual uno precisa que este periplo fuera algo más que de meros turistas. No siempre las percepciones mutuas en los trasiegos por el extranjero como visitantes de ocio (en este caso, sí) son las que nos gustaría, y lo digo por la visibilidad, escasa, que se pueda dar desde ambas ópticas.

No me gustan los enredos y los debates que pueden conducir a titulares sin más recorrido y, en consecuencia, con vanos resultados. No obstante, puedo y debo decir que es más que evidente que se equivocan. Es injusto que nos caractericen así. A un país se le conoce por lo que sabe de otro, y también por lo que ignora. No nos ven, aunque nos miren.

España está llena de gentes trabajadoras, que incluso en momentos de injusticia social han tenido que ir como emigrantes a levantar naciones enteras, como fue el caso de la propia Alemania. Sin entrar en especificidades históricas, creo que los germanos olvidan que hicimos algo por la vuelta de su país a la normalidad tras la Segunda Guerra Mundial. Miles de españoles, como de otras nacionalidades, laboraron duro por ello.

Creo que el asunto de la corrupción también los lleva por sendas extrañas. Siendo como es, España, un país de laboriosas personas, lo es igualmente de ciudadanos bondadosos y leales. No entro en estamentos y responsabilidades (daría para otro extenso artículo), pero sí en que las gentes de a pie se entregan diariamente a sacar adelante multitud de faenas, incluyendo el sostén de unos valores que otros quisieran para sí.  El sentido de la familia que aún tenemos los españoles nos está permitiendo soportar eventos que de otro modo serían imposibles. Sin lugar a dudas, la inmensa mayoría de nuestros compatriotas son personas honestas que cumplen con sus deberes y compromisos. Lo que pasa es que esta “normalidad” llama poco la atención de los titulares periodísticos.

Fe

Asimismo, señalan nuestros amigos alemanes que no somos de fiar. La fe mueve montañas, y nosotros no tenemos, al parecer, la suficiente para mover ni siquiera los corazones de un pueblo al que hemos admirado y apoyado durante décadas. Podrían haber aplicado esta visión de falta de confianza cuando nos han vendido productos de alta calidad y valor añadido, que, por otro lado, hemos pagado religiosamente y que seguiremos abonando. No hay motivos hasta ahora, según estimo, para que digan de nosotros que no gozamos de la oportuna credibilidad. Son los tópicos que antes les decía.

Lo cierto es que me da pena esta coyuntura que algunos quieren convertir en estructura. Nos controlan, pero no nos comprenden: no saben, no quieren, no pueden entender lo que sucede. Supongo que todos nos sentimos un poco engañados. No olvidemos que los equívocos vienen de la falta de comunicación y, por el defecto de ésta, de la carencia de la suficiente información. Suelo repetir que la mayoría de los problemas surgen de y por la ignorancia. A veces son grandes dificultades, graves. La historia así nos lo dice.

La generosidad, como el intermediar, como el equilibrio, son virtudes muy sanas. Vamos a intentar practicarlas en esta etapa de encrucijadas y de vacíos, de prisas y de frenadas. El momento anima a la concordia más que a los alejamientos en lo físico y en lo intelectual. El consejo es que nos formemos y que seamos, ante todo, humanos, personas. No olvidemos que los corazones no tienen pasaportes y que los derechos son para todos sin que prevalezcan circunstancias de ninguna clase, según nos recuerda el artículo 14 de la Constitución, ni siquiera las referentes a las nacionalidades. Nadie es más que otro. Ni ellos ni nosotros. Ni nosotros ni ellos.

Juan TOMÁS FRUTOS.


Marilyn confesaba, muy cerca del fatídico día en el que se quitó la vida, que estaba agotada, cansada de todo y de nada, y que no tenía ganas de seguir adelante. Lo hacía en un texto breve, intenso, a modo de carta, que no quiero saber a quién se la dirigía: si era a sí misma, como confesión, o a alguien querido o cercano. No lo sé. Escucho en la televisión la noticia de este escrito, y lo que me llama verdaderamente la atención es que sale a subasta. Alguien lo tiene, y lo vende, supongo que sabedor del morbo y la intensidad que este tipo de íntimas reflexiones ostentan.

Me quedo un poco roto, perplejo por la capacidad que alberga el ser humano de venderlo todo, trapos limpios o sucios incluidos, y, sobre todo, los que constituyen muestras de dolor, de soledad, de rotura interior. La tragedia, la pena, como el conflicto, venden mucho. Nunca lo he entendido, pero siempre lo he constatado.

Marilyn no quería vivir, y, en una búsqueda de alejar su ansiedad, lo escribió como lo experimentó. Décadas más tarde ese papel, explicable o inexplicablemente, sigue de mano en mano, y no como una falsa moneda, sino por el valor que posee. La artista fue un mito caído: nos gusta saber de los dioses y también de sus derrotas. ¡Somos así!
Siento tristeza por esta situación. Primeramente porque ella fue una desdichada en toda su grandeza. Suena a contradictorio, y así es, pero ciertamente esto ocurre más de lo que pensamos. Laboramos por famas y por un dinero que no nos otorgan la felicidad. El problema es que, aunque nos demos cuenta, no siempre somos capaces de variar y de progresar.

Lo íntimo, lo que se ha escrito para encontrarnos a nosotros mismos, debería quedar siempre en ese ámbito, con esa magia. No digo yo que no se sepan las cosas, ni digo tampoco que no se cuenten. Creo firmemente en la comunicación, en el intercambio de informaciones y de opiniones. No obstante, estimo que es evidente que de ahí a vender una carta personal o una hoja de un diario, va todo un mundo, un mundo que perdemos cuando lo que nos interesa principalmente no es el corolario de los sentimientos y de los dolores padecidos, sino el color y el peso de un dinero que nos tintará y aplastará por la insensatez con la que demasiado a menudo nos comportamos.

Sueños y desvaríos

Lo mejor que se puede hacer con esos escritos tan íntimos es guardarlos en un cofre mágico, en un desván o en el fondo del mar, para que sus ánimos y desánimos, para que sus sueños y desvaríos, viajen sin rumbo fijo hacia la voluntad de los dioses, donde seguro que sí encontrarán cobijo. El amor o su carencia precisan protecciones especiales, pues, en su seno, en sus ventajas y desventajas, están los seres humanos.

Nos hemos convertido, sin duda, en demasiado utilitaristas. Se nota, fundamentalmente, en aquellos que más especulan, en los que viven de las frustraciones ajenas, de sus patologías, de su soledad, de sus compromisos fragmentados. Una mirada, ya sea de corazón o bien de complicidad y empatía, no tiene precio. Cuando se lo ponemos, cuando valoramos lo que experimentó nuestra querida Marilyn, nos estamos malvendiendo todos los que formamos parte del sistema. Quizá hubiera sido mejor que ese documento se hubiera transformado en energía a través del fuego de una buena hoguera que mantuviera con vida la esperanza que fraguó en esas letras la recordada, mitificada y malograda actriz. Todo se fue, y lo que permanece lo exhibimos en una vitrina brindándolo al mejor postor. No querría, si fuera el caso, que esto me pasara a mí. Seguro que a usted tampoco.

Juan TOMÁS FRUTOS.


Nos recordaba Shakespeare que “no es  suficiente la sabiduría para ser sabio”, esto es, el acopio de conocimiento no nos da directamente el saber. Hace falta, ante todo, poder relacionar los conceptos, interpretarlos, es preciso que los sepamos utilizar en cada momento de necesidad, ni antes ni después, justo cuando los precisamos, teniendo en cuenta muy diversos parámetros. Daniel Goleman ha llamado más recientemente a esto que aquí reseñamos “inteligencia emocional”, y sobre ella se han hecho tratados, tesis doctorales y mil análisis y reflexiones, en un intento de apuntar cercanamente un tipo de habilidad que es más inefable que otras.

Hagamos un repaso a varias cuestiones. En el día a día, para entender en general y específicamente, hemos de conocer el contexto de lo que ocurre, de lo que se nos relata. El entorno lo es todo. Aludimos a las circunstancias de las que nos hablaba Ortega y Gasset. Lo que para uno es importante para otro no lo es. El mérito en unos éxitos no lo es tanto en otros. “A cada cual lo suyo”, subrayaban los griegos cuando defendían su justicia distributiva, tan compleja de ejercer.

El contexto nos ayuda a “empatizar”, a ponernos en la piel de los conciudadanos, a vivir en sus realidades. Solo así los podemos comprender, únicamente de este modo entendemos cómo son y lo que nos trasladan. Yace aquí una relevante dosis de inteligencia emocional, como también ésta aparece cuando somos capaces de escuchar, de ceder, de tolerar, de transigir, cuando celebramos lo que otros consiguen, cuando renunciamos con el fin de que los demás tengan lo mínimo, cuando seguimos sus devenires para que lo esencial no se pierda, etc.
El inteligente emocional es asertivo, no es agresivo (no siempre), ni es apocado (no en exceso). Procura, asimismo, dar con la virtud que está en el camino medio, en los puentes, en entrelazar capas y opciones, actitudes y aptitudes. Se relacionan, con este modo de entender la vida, la capacidad para preguntar, para analizar, para envolvernos con el manto de los condicionantes de los compañeros, de los conocidos y hasta de los extraños.

Cuando vivimos en la soberbia, o en peldaños alejados de lo cotidiano, no practicamos la inteligencia emocional, que es todo (sí, todo), y cada vez lo es más. En este mundo de prisas, la inteligencia está en saber parar, en no demostrar más de lo que somos, en adecuarnos y adaptarnos a los momentos que nos tocan vivir.  La aceptación de la crítica, la búsqueda de la retroalimentación comunicativa, la interacción, la bravura, el coraje, el temperamento medido, la fortaleza compartida, la solidaridad, la localización de señales, el no obsesionarnos, el contemplar y el leer entre líneas son muestras inequívocas de lo que estamos subrayando.

La voluntad, la entrega, el entusiasmo, el ser positivos, el sobreponernos, el superar los obstáculos, el no frenarnos ante lo necesario, el asumir riesgos, el mantener, entre otras, las posturas mancomunadas, las miradas de complicidad, los análisis del presente y del futuro, el no pensar que sabemos más que los demás, amén de otros planteamientos, conforman una forma de comportamiento que ha de defender, que sustenta en definitiva, la dignidad de lo humano por encima de todo. Nuestra lucha pacífica ha de ser por el avance societario incorporando a cuantos más mejor, siguiendo la estela de la inteligencia que estamos esbozando. No es nueva: ya hablaron de ella Aristóteles, Platón, Santo Tomás, y muchos otros.

Todo cuenta

Por lo tanto, tengamos ímpetu y cuidemos la puesta en escena. Los niveles afectivos y racionales tienen la misma importancia y consideración. Deben. Así, en las relaciones, en las comunicaciones, en el aprendizaje, hemos de practicarlos y desarrollarlos con amor, con bondad, con buenas intenciones, al mismo tiempo que con oficio y profesionalidad. Todo cuenta. Todo es todo. Los hábitos, las costumbres, las percepciones, los comportamientos, los colores y atuendos utilizados, los gestos, las distancias, las ponderaciones, los tonos, el metalenguaje, la calidez en las palabras, y las posturas de las manos, de los rostros y de los ojos han de cobijar el mejor afán, que debe venir cada día con la pretensión de una conquista desde el convencimiento mutuo.

Además, ser inteligentes es no ser egoístas, es no pretender estar siempre en el lado ganador de la partida, es reconocer errores, es enmendar decisiones equivocadas, es estar en el margen de los que menos obtienen, es convencernos de que, en este trasiego, la mejor cosecha es la que recogemos en comunidad para devolver a ella, al conjunto, los intereses principales. La salud, la educación y la riqueza que es el trabajo de todos suponen el frontispicio de la defensa de quienes albergan suficientes dosis de inteligencia emocional, que, por otro lado, siempre hay que reponer, estando como está sometida al trasiego constante y al desgaste cotidiano.

En realidad, este tipo de inteligencia reconoce que lo apasionante es existir de manera completa. No olvidemos que lo deseable es poder decir, como Neruda al final de sus días, que hemos vivido de verdad.

Juan TOMÁS FRUTOS.