Bernardo Pérez Andreo

Si la cara es el espejo del alma, en el caso de Díaz Ferrán su alma será pedernal inquebrantable. Un ser humano de estas características morales, capaz de defraudar, engañar y estafar a los que han sido puestos a su cargo y al resto de la sociedad, no parece tener aquello que identifica a los seres humanos y los distingue del resto de las criaturas: el principio anímico y espiritual que lo eleva a la categoría de un ser "poco inferior a los dioses". No, este sujeto, ahora incluso con grilletes, es el vivo ejemplo de la depravación moral a la que ha llegado la sociedad contemporánea.

En su día fue capaz de decir que la única manera de salir de la crisis era trabajar más y cobrar menos; que todos los problemas de la economía española venían derivados de la rigidez del marco de relaciones laborales; que el empeño de los sindicatos por defender prebendas ponía en riesgo a las empresas; que el ambiente para los negocios no era el adecuado en España y que, para más escarnio, su máxima preocupación en su vida eran sus trabajadores, esos mismos a los que dejó vendidos al traspasar su empresa a un fondo de inversión de los conocidos como "buitres", expertos en destruir cualquier condición que haga digno el trabajar.

El señor Díaz Ferrán no es un empresario, es un impostor y caradura que ha sabido aprovechar contactos, vínculos y una cierta dosis de suerte en el momento del auge económico. Como tantos otros, tenían una empresa, no como una forma de vida, como una dedicación a los demás, como un servicio a la sociedad que, además, proporciona bienestar para él y su familia. Sus empresas eran, en sus propias palabras, "billetes de loteria". Esta es su concepción de la empresa, nada que ver con el bien común o con el servicio a los demás. Un décimo de loteria, si toca me forro y si no lo tiro a la basura. Lejos de ser un pensamiento extraño, siendo, como fue, el máximo responsable de los empresarios españoles, refleja el modus essendi del empresario medio: un señor que busca medrar, que no tiene reparos en ninguna práctica ilegal, que desprecia lo común y que solo quiere, por encima de todo, su propio y único bienestar.

Así son la mayoría de empresarios de este país. Los hay distintos, los hay que se dejan el alma en lo que hacen, los hay que son capaces de perder dinero antes de dañar a otros, pero son los menos. Son los que viven la experiencia empresarial como un servicio, como una misión, casi héroes. Pero el común de los mortales empresarios tienen a Díaz Ferrán como santo patrón, o a Rosell, o peor, a Arturo Fernández, un señor que no pierde ocasión para despotricar contra lo público, mientras sus empresas viven, única y exclusivamente, de contratos con lo público. Así son y por eso así nos va.

Mi más profundo respeto por aquellos que dedicando su saber, esfuerzo y patrimonio, intentan cada día hacer algo que beneficie a la sociedad, pero mi más profundo desprecio por esta caterva de arrimados al poder y vividores de lo colectivo que tanto daño han hecho, hacen y seguirán haciendo.

Muy lejos del discurso oficial del neoliberalismo, cuando el empresario pone un capital para invertir en una empresa, no arriesga nada, lo que hace es intentar que ese capital siga cobrando vida cada día, pues el capital, por sí mismo, está muerto, es un zombi que necesita vida para seguir adelante. Lo importante en las empresas son las personas, todas las personas.

El capital, y dentro de él el dinero, no son más que instrumentos que nos permiten producir los medios de subsistencia de la sociedad
. Si se utiliza bien, todos viviremos mejor, pero si se utiliza para la especulación, el enriquecimiento individual o el gasto suntuoso, el capital puede ser el peor enemigo del hombre. A las pruebas me remito.


Tras cinco largos años de echar gente de sus casas, el poder político ha reaccionado, empujado por las muertes evitables de varias personas que no pudieron soportar el oprobio, cuando no la simple y llana indigencia, de quedarse en la calle sin ningún lugar que le acoja. Han sido cinco años en los que medio millón de familias han perdido su hogar, donde más de dos millones de personas se han visto afectadas directamente, y dada la aún existente solidaridad familiar, más de cinco millones de personas de forma indirecta, sea porque avalaron con sus bienes, sea porque han ejercido la más pura y simple solidaridad humana.


Sí, ya sé que lo mío con el señor Ortega es fijación, pero manda huevos que ahora salga su "obra social", léase Fundación, entregando 20 milloncetes a Cáritas. Y además no es la primera vez que cae en el pecado el interfecto.

Resulta que suele hacer esto de dar unos cuantos millones de esos que le sobran a espuertas tras la recolecta de sus empresas. Si es que es tan bueno que cuando gana 500 millones no le queda más remedio que entregar 20 a una entidad caritativa que sabrá distribuirlos entre aquellos que más lo necesitan.

Aunque tiene un pero esto, los 20 kilos son para repartirlos entre los pobres de aquí, es decir, para cubrir el mercado local, donde sus medidas laborales y de medio ambiente apenas tienen impacto, aunque sí su deslocalización laboral. Esa medida tiene un claro interés publicitario, aunque cabe la opción de que intente cumplir con lo que le indicaba en mi anterior misiva, que quiera ganarse el cielo.

En ese caso, al menos, deberá cumplir con el diezmo. El 10% de 500 es 50 y no 20, así es que a apoquinar. Pero, teniendo presente que de los 20 kilos hacienda le devuelve por caritativo el 25%, y que los otros 16 kilos apenas suponen la mitad de una campaña seria de publicidad, pues eso, que faltan aún 84 kilos para empezar a ganarse el cielo.

Lo verdaderamente obsceno, pero que demostraría su catadura moral, exactamente la misma de todos los Goldsmith anteriores a él,  sería que los donara a UNICEF, para que escolarice a los niños que no pueden ir al cole porque el salario que paga a sus padres no se lo permite; o bien que done ese dinero a Cruz Roja para que atienda en Bangladesh a los trabajadores contaminados con la técnica de sandblasting, técnica de blanqueo de baqueros que enferma a miles de trabajadores.

O, ya puestos, lo podría donar a una ONG por la igualdad de la mujer en Marruecos para que enseñen a sus trabajadoras qué hacer con los 178 euros que cobran las 12 horas del día que le quedan libres tras el trabajo.

Todas estas propuestas me resultarían más llevaderas, bastante más que las 30 monedas con las que paga la publicidad de Cáritas. La caridad es gratuita, como su nombre griego (Xaris) indica, y no puede estar expuesta a lo público ni tener más finalidad que servir para ayuda a quien lo necesite. La caridad, expresión del ser más profundo del hombre, no se vocea por las calles, ni se condiciona. Por eso, no puede aceptarse como caritativo lo que no tiene esa finalidad.

Aquello de hacerse amigos con las riquezas injustas no tiene una aplicación en este contexto. Los amigos se hacen con las riquezas injustas que otros han producido, no las producimos primero y después las utilizamos para hacer amigos.

Al señor Ortega no le pedimos justicia, como no pedimos peras al olmo, pero a Cáritas sí le podemos pedir discernimiento a la hora de actuar. Igual que se dedica a ayudar con los alquileres de personas deshauciadas, ayuda imprescindible para remediar el mal causado por los bancos, y se niega a pagar hipotecas porque eso sería mantener la injusticia, de la misma manera debería ver cuál es la finalidad de las supuestas donaciones y así cumplir con su lema "trabajamos por la justicia".


La política se ha llenado de metáforas a la par que se vaciaba de contenido real. No podía ser de otra manera. Si no hay contenido habrá que aumentar el continente buscando el efecto "bulto": si es más grande parecerá que contiene más.

Sin embargo ha sido justo lo opuesto, ni tan si quiera las metáforas eran acertadas, peor aún, son utilizadas con muy poca propiedad, dejando ver una realidad que se oculta tras la parafernalia del artificio lingüístico enmarañado que se usa para envolver la oquedad del propio discurso y del aparato intelectual que, difícilmente, lo soporta.

De esta manera, lo que debería ser un instrumento del lenguaje para expresar lo que resulta difícil y, a veces, imposible, se torna un embozo con el que el perpetrador de proferencias lingüísticas se embosca para establecer la celada y coger desprevenido al incauto escuchante, envuelto ya en la tela que ha tejido la araña política de Mallarmé.

Una de estas metáforas, que antes habría que llamar kata-fora, por su sentido etimológico más apropiado, que más uso ha tenido y tiene entre los políticos actuales, especialmente entre los que se encuadran a la izquierda del Parlamento, es el de las líneas rojas. Exactamente se usa en la expresión: "se han pasado todas las líneas rojas", o bien, "la sanidad (la educación o x) es una línea roja". Cuando estos tales gobernaban nos decían que al enfrentar los recortes, estos no afectarán a la sanidad o la educación, son "líneas rojas".

También se decía que la política social, en general, es una "línea roja". Hoy nos dicen esos mismo políticos que gobernaban hasta anteayer, que la sanidad, la educación y las políticas sociales son "líneas rojas" que el gobierno de puede pasar. Pero, ¿qué quieren decir cuando dicen esto y qué significa realmente? Vayamos por partes.

En primer lugar: el discurso de la izquierda dejó de tener sentido en el momento en el que empezó a utilizar metáforas para referirse a la realidad. El maestro en análisis de la realidad es Marx y el tenía muy claro que la ideología funciona como un espejo que deforma la realidad, impidiendo así su transformación. Si la gente no ve lo que hay nunca podrá cambiarlo. Ese discurso falaz, que deforma la realidad para mantenerla atrapada, es el que la derecha siempre hace bien.

Estas metáforas son, siempre lo han sido, de la derecha. Basta con leer a los grandes gurús del capitalismo como Hayek o Friedman, por no decir a sus políticos de referencia: Reagan, Thatcher y sus epígonos peninsulares, para ver cómo el uso y abuso de las metáforas y símiles tienen la función de distorsionar la realidad en las mentes de los seguidores, pero sobre todo en las mentes de los perjudicados por el sistema, los propios trabajadores, incapaces ya de salir de la basura intelectual que escupen los medios de comunicación, correas de transmisión de las grandes metáforas, vale decir mentiras.

Pero, más importante: cuando se entra en el discurso de las metáforas, hay que saber elegirlas. Para muchos incultos o incautos, "línea roja", puede sonar a revolucionario, rebelde o combate. Algo así como ejército rojo avanzando contra las hordas capitalistas. Nada de eso hay en la expresión.

Cuando los políticos de la llamada izquierda dicen "línea roja", lo que en verdad enuncian es la imagen más absoluta de su derrota. Esa imaginaria línea roja que no dejaran pasar a los capitalistas o a la derecha estuvo, con González, en la propiedad de las empresas públicas y de los servicios, dejando la gestión al enemigo. Después retrocedió la línea hasta la titularidad de aquellas empresas y servicios.

Con Zapatero, la línea se sitúo en un lugar difícil de precisar: en el buen uso de lo público. Si ese uso lo hacía el sector privado bien, pues adelante. Fue la época en la que bajar impuestos era de izquierdas, en la que consumir era de izquierdas, en la que tener patrimonio era de izquierdas, en la que... en fin, en la que la izquierda no tenía sentido ninguno porque era otra derecha, pero sin lo bueno de la derecha.

Hoy, las supuestas líneas rojas están en una defensa numantina de... nada, porque no hay nada ya que pueda ser defendido. De ahí que ni las huelgas ni las movilizaciones, mucho menos las tonterías infantiloides de huelgas de hambre, rodeos a los centros, sentadas, pitadas y demás fantochadas, tengan utilidad alguna.

Se ha perdido lo esencial: considerar la vida humana y todos los elementos que la constituyen: trabajo, habitación, sanidad, educación, alimento y cultura como patrimonio común, espacio público, estructura social que no puede dejarse ni a la propiedad ni a la gestión de la rapiña, el lucro y el "legítimo beneficio" del sector privado. Lo privado, siempre, es una concesión del espacio público; lo privado, per se, no existe. Aquí es donde la izquierda perdió la batalla y ahora solo puede gestionar su desaparición.

La única opción que nos queda para construir un mundo habitable, no la parodia consumista-elitista en la que nos estamos embarcando, es volver al sentido real de las metáforas. Por ejemplo esta de la "línea roja". Como nos cuenta el cuadro de Gibb, La delgada línea roja, esta fue una argucia defensiva del ejército británico para repeler el ataque de la caballería rusa en la guerra de Crimea. El comandante británico no tenía tropas suficientes para formar una línea gruesa de cuatro en fondo para frenar la carga de la caballería.

Era algo convencional que menos hombres no frenarían la carga. Pero Sir Collin Campbell, formó al 93º regimiento de Highlanders en una línea de dos en fondo. Debido al color de sus casacas fue conocida como la delgada línea roja. La caballería rusa arremetió contra el regimiento británico, que pudo hacer tres descargas de fusilería, descargas insuficientes, pero el valor y arrojo del comandante, al grito de "cada uno que muera en su sitio" frenó inopinadamente el avance. El general ruso, al ver la defensa británica receló una emboscada y ordenó retirar la caballería, antes de verse preso en una celada. Aquella victoria del ejército británico hizo famosa la perspicacia, el ingenio y el valor de esos hombres y nos da hoy un ejemplo de cómo podemos utilizar bien las metáforas.

En el fondo, Sir Collin Campbell hizo con su delgada línea roja una metáfora defensiva y que se tornó ofensiva.


Insisto con Amancio Ortega y su máquina de esquilar, Inditex. No hay como verlo en imágenes para ser plenamente conscientes de las consecuencias que acarrean nuestros actos.

El documental que añadimos es una investigación sobre cómo trabaja el grupo Inditex y de qué manera genera los inmensos beneficios de que dispone.

Reportaje de investigación de Cash investigation emitido en el canal público France 2 el 18 de mayo de 2012. Inditex y las subcontratas de sus proveedores a partir de un informe de la empresa del 2009.

No es un modelo a imitar sino que se trata del viejo sistema de siempre: explotar a los pobres, engañar a los consumidores y evadir cuanto se pueda. De esta manera se ha llegado al grupo empresarial textil más grande del planeta. No ha sido por tener gran calidad, que la tiene, ni por una mejor organización del trabajo, sino, lisa y llanamente, por saber explotar las injusticias del sistema económico vigente.

Mediante la técnica sistemática de la subcontratación, donde no se respetan las más mínimas condiciones de dignidad humana, la firma consigue generar miles de millones para sus dueños y accionistas. Como se ve en el documento, Inditex sabe muy bien que los contratistas no respetan su "código de buenas prácticas", pero les da igual porque lo que importa es que las prendas estén realizadas en tiempo y precio.

Si para ello, como reconoce un responsable de una subcontrata en India, hay que trabajar de lunes a domingo de 9 a 21 horas, se trabaja. Si los niños, como en el siglo XIX, duermen al pie de las máquinas para no perder el ritmo de trabajo, se hace. Si hay que reducir los costes al máximo con el fin de abaratar el producto, aunque esto pongo en peligro la salud y la vida de los trabajadores, generalmente niños, se hace. Todo sea para mayor incremento del beneficio.

Si tras ver el documento, ya que mis palabras no son suficientes, el lector sigue comprando a estos degenerados, la responsabilidad de lo que sucede en esas subcontratas donde niños son obligados a trabajar en condiciones inhumanas 11 horas diarias de lunes a domingo, será también suya.

Cada vez que compras productos Zara, Pull and Bear, Oysho, Bershka, Stradivarius, Kiddy's o Massimo Dutti, estás colaborando con la injusticia, estás maltratando niños, estás haciendo más inhabitable este planeta. Si eso es lo que quieres, ¡adelante!, pero bajo tu estricta responsabilidad.

Ya no se dirá más: los padres comen agraces y los hijos tienen la dentera. Ez 18, 2.

Un fantasma recorre Europa, el fantasma de la impotencia. Sí, es un fantasma bien distinto de aquel de 1848, es justo el fantasma opuesto, radicalmente contrario, pero su hijo legítimo tras las muchas derrotas de las luchas por el reconocimiento de los que siempre han estado abajo. En Europa, especialmente en esta tierra, el fracaso es debido a la política tacticista y de pactos que se ha llevado a cabo. La inoperancia se ha instalado en nuestras conciencias y ya sabemos que nada que hagamos puede cambiar los parámetros en los que se desenvuelve la actual lucha de las élites por imponer su propia salida a su crisis. Nada podemos hacer y nada puede cambiar el rumbo que se ha fijado para llevar al capitalismo a su última parada: la barbarie absoluta, el capitalismo sanguinario que se impuso en África, Asia y América Latina. Ahora toca a Europa vivirlo, porque esas élites no tienen patria ni bandera, su única patria es su riqueza y su bandera el lujo y el lucro.

Los años de la Política, así con mayúsculas, pasaron a mejor vida. La revolución conservadora de los ochenta, con Reagan y Thatcher a la cabeza, puso las cosas en el sitio que el neoliberalismo quería: la ruptura de los espacios para la acción política. Tres espacios fueron "despolitizados": la educación, la cultura y la economía. Habían sido los tres espacios donde las alternativas se había hecho fuertes y donde tuvieron su canto del cisne en mayo del 68. La educación se había convertido en una perfecta máquina de producir ciudadanos libres y críticos, pensantes y razonantes, capaces de cambiar cualquier estructura que se considerara no racional o humana.
 
La cultura produjo, en medio siglo, más arte del que jamás podrá producir el capitalismo neoliberal. La cultura llegó al pueblo y desde allí impregnó las conciencias y los discursos, de modo que no era posible manipular ni adoctrinar. La economía, guiada por el keynesianismo, consiguió embridar a la bestia y durante 30 años, los gloriosos, asistimos al mayor aumento de la riqueza nunca visto, con el mejor reparto de la misma jamás realizado. Pero en el pecado vino la penitencia. Al consentir un capitalismo de baja intensidad, de rostro humano le llamaban los socialdemócratas, permitieron que en los intersticios se fuese criando una bestia pero, más sedienta y salvaje.
 
Esta última bestia se apoderó del discurso económico, alejando las decisiones de lo político, independizando a los bancos centrales y cediendo ante el absurdo de que la economía es una ciencia exacta, cual las matemáticas. Un ejército de hombres blancos y jóvenes, cargados de testosterona y locos por engordar sus cuentas bancarias, se apoderó de los parqués de las bolsas, de las cátedras de las facultades, de las moquetas de los ministerios del ramo y de los discursos en los medios. El fin de esto fue la mayor aberración jamás cometida contra la lógica de las cosas: la desregulación neoliberal de los ochenta y noventa auspiciada por los mecánicos del sistema: FMI, BM y OMC.

Así llegamos a la pospolítica, que no es otra cosa que el vaciamiento de la Política y su sustitución por un armazón pseudocientífico y tecnocrático que toma las decisiones con supuestos criterios objetivos. La pospolítica no es sino la liberación de la economía con el fin de que esta sea autónoma para responder a las consideraciones de los que detenta el poder económico. Una variente de esta pospolítica se ha introducido en los demás ámbitos de la vida social con criterios semejantes. lo Político (y el político) es malo, lo técnico es bueno. De esta manera se gestiona la educación con supuestos criterios técnicos, lo mismo que la sanidad y la cultura. Esos criterios técnicos han salido de las mismas facultades desde las que se implementó la economía de casino que nos ha puesta en esta situación. Se trata de una gestión de lo público sin intromisiones de los ciudadanos. Los economistas, algunos claro, son los que saben de economía; los pedagogos, algunos claro, son los que saben de educación. De esta manera llegamos al vaciamiento de lo Político y al desdén por la Política. 

Un giro de tuerca se ha producido en los últimos años, los que coinciden con la crisis actual. Ahora no es que la Política sea sinónimo de perversidad y oscuridad en la organización de las cosas públicas, es que los políticos, en general y sin hacer distinciones, son viles sujetos incapaces de hacer otra cosa que gestionar lo de los demás con oscuros fines privados. Ellos son los responsables de la situación, se extiende por los medios de comunicación, por tanto acabemos con ellos y dejemos que los expertos gestionen la Política. Es el sueño neoliberal hecho realidad: una política sin Política, es decir, la pospolitica. Un mundo gestionado por intereses privados pero con aspecto de búsqueda del beneficio colectivo. Es la mano invisible del mercado que mece la cuna de lo público.
 
Desde esas posiciones se dice que los políticos sobran y que no deben cobrar por su labor, se insiste en que lo público se gestiona mal cuando se hace con criterios políticos, pero si se hace con criterios técnicos todo funciona perfectamente. El problema no es que sea falso el discurso, cualquier memo lo puede ver por sí mismo. El problema es que hemos aceptado el discurso y eso nos hace pasar por todos los aros restantes: la democracia supone la elección en las urnas, la educación se gestiona mejor desde lo privado, la sanidad es más racional si es privada, etc.
 
El colmo de este discurso, el paroxismo de la pospolítica es el discurso de la "mayoría silenciosa". Según este discurso, los que protestan no son sino una minoría ideologizada que teme perder sus privilegios de los que han vivido a la sopa boba mucho tiempo, pero la mayoría de la población no protesta y eso significa que acepta y apoya las medidas pospolíticas que se adoptan. Es más, esa mayoría acaba apoyando las medidas refrendándolas en las urnas y eso otorga toda la legitimidad a las mimas.

La única manera de salir del atolladero es negar la mayor: esto no es democracia y las urnas no tienen legitimidad, el sistema electoral está viciado de origen y los que votan lo hacen bajo un velo de ignorancia que les impide saber qué están votando. Esto nos lleva a negar la legitimidad al orden actual y buscar un cambio radical de las coordenadas políticas, de modo que arrasemos la pospolítica y reinstauremos un régimen realmente democrático y con uno criterios Políticos de verdad. Lo mismo da que lo político se refiera a una tradición o a otra de pensamiento de los últimos 2500 años, siempre que sea Político será mejor que la pospolítica que nos asfixia.