Bernardo Pérez Andreo


Greenpeace ha lanzado la campaña para evitar que las petroleras, en especial Shell, comiencen las exploraciones destinadas a aflorar el petróleo que se esconde bajo los hielos seculares de aquella región.

Durante millones de años, el aceite de roca, ha permanecido en las profundidades del aquel remoto océano. Hasta ahora estaba protegido por los mastodontes de hielo que hacen casi inviable la prospección y explotación de esta peligrosa industria.

Sin embargo, tres acontecimientos se han aliado para hacer apetitoso bucear en aquellas gélidas aguas en busca del oro negro.

El primero es la llegada del pico del petróleo, aumentando hasta extremos inimaginables el valor de cualquier petróleo que pueda ser extraído; cuanto menos petróleo quede, menos importancia tendrán los peligros asociados a su explotación. Pero al pico del petróleo se une la persistencia de precios elevados de venta. Los 100 $ no se han perdido desde 2008 y esto hace rentables las prospecciones que hasta hace diez años eran impensables desde el punto de vista de la rentabilidad financiera.

Pero lo más importante, el detonante real del comienzo de las exploraciones ha sido el hecho, comentado por nosotros en varias ocasiones (pinchar para ver los enlaces), de que los hielos perpetuos empiezan a remitir y la perspectiva es que en breve tiempo, no más de diez años, en verano no exista casi hielo y las exploraciones sean posibles gran parte del año.

Sé perfectamente que no vamos a evitar que Shell explore y extraiga petróleo, es la ley del lucro capitalista la que guía a la empresa, pero también la huida hacia delante de un sistema económico enloquecido que no sabe ya por dónde va a encontrar salida a la locura en la que se ha metido. Como un toro rodeado por lanceros, enviste a todo lo que se mueve sin saber dónde ir, de la misma manera, el modelo económico suicida, acomete contra todo lo que aparenta ser un escape, aunque solo sea durante unos instantes.

También  sé que estas prospecciones acabarán inundando el Ártico del galipote (así llamamos en murcia al chapapote) mortal que manará del interior de la Tierra vomitado por enormes máquinas a altísimas presiones, tantas que los medios técnicos actuales no permiten su extracción con seguridad. No hay más que recordar lo que sucedió en el Golfo de México con BP. La extracción a grandes profundidades exige altas presiones y las máquinas acaban cediendo. Lo que en aquella ocasión fue una catástrofe, gracias a Dios, limitada en el espacio, en el Ártico puede ser un verdadero Armagedon ecológico.

El tiempo, ciertamente breve, nos dirá qué será de todo esto, a nosotros solo nos queda oponernos con todas nuestras fuerzas y rezar, si es que aún sabemos qué es eso.


El etólogo Konrad Lorenz publicó un libro en 1966 que hizo época: Sobre la agresión. El pretendido mal. En él analizaba las causas del instinto de agresión en los animales y proyectaba los resultados hacia la conducta humana. La agresión no es un mal sino algo imprescindible para que la propia vida animal pueda desarrollarse. Son nuestras consideraciones morales las que deben poner límites a la violencia, no a la agresión.

Por supuesto, el término es entendido sin ningún contenido moral, solamente conductual. Todo ser vivo debe poseer este instinto, de lo contrario desaparecería. Pongamos un simple ejemplo. Un animal sin instinto de agresión dejaría de buscar su propia defensa y eso le costaría, con toda seguridad, la vida. O, también, si es incapaz de adoptar la agresividad para la búsqueda de comida o de pareja, sus genes no pervivirán mucho tiempo. El instinto de agresión es el fundamento de la supervivencia de los individuos, y por tanto de las especies.

En el ser humano está asociado a la pulsión de vida, como diría Freud, a Eros y opuesto a Thanatos. Es decir, un ser humano sin instinto de agresión sería poco más que un pelele que ha renunciado a vivir y que se somete a lo que la vida le proponga en cada momento. Sería alguien que está más muerto que vivo.

La actitud vital de la mayoría de occidentales, especialmente de los españoles, se acerca mucho a la falta de instinto de agresión y a la pérdida de la pulsión de vida. Un ejemplo de ello lo estamos viviendo con esto que gustan llamar crisis y que no es sino un mecanismo de adocenamiento de la población para reformar completamente el status quo vigente desde el fin de la guerra del 45.

El consenso se está imponiendo de forma progresiva y sistemática. Primero fue la supuesta necesidad de rescatar al sistema financiero con fondos públicos. Acto seguido vino el endeudamiento de los Estados para hacer frente a tan descomunal rescate. Sin solución de continuidad siguieron las quiebras de los servicios públicos, apoyadas en la lógica neoliberal de restringir lo público y bajar los impuestos a las clases altas. Destruido el modelo de financiación del Estado de bienestar, sólo queda demoler el edificio legal y ahí se inscriben las reformas legales iniciadas por el anterior gobierno y continuadas, a marchas forzadas, por el actual.

Primero fue la modificación constitucional para introducir una norma que impide la acción política en el actual marco legal, al coartar la libertad de una fuerza política de aplicar aquellas decisiones de inversión y gasto que crea convenientes. Pero lo de ahora es aún más grave.

La actual reforma laboral supone la desaparición del marco legal que permite poder hablar de justicia dentro de las relaciones laborales y nos retrotrae a la situación previa a la crisis del 29, cuando las relaciones laborales estaban marcadas por la ley del más fuerte, el empleador.
Según lo que dice el decreto de reforma laboral, el empleador puede realizar modificaciones sustanciales en la relación laboral. Esto quiere decir que una vez firmado el contrato, una de las partes puede unilateralmente modificarlas, atendiendo a criterios económicos, de productividad o de organización empresarial, criterios estos que, de facto, suponen la arbitrariedad hecha ley. A partir de ahora, los trabajadores quedamos expuestos a la "bondad" del empleador.

Si decide que por organización de la producción, te baja el sueldo un 10% y te reduce la jornada laboral un 30% y necesita que trabajes dos horas los sábados por la mañana, no te queda otro remedio que aceptarlo o marcharte con 20 días de indemnización por año trabajado con un máximo de 9 mensualidades. Antes, esto mismo le habría costado 45 días con un tope de 42 mensualidades. Si te vas y te paga, puede contratar a otro en tu puesto que, en determinadas condiciones le puede suponer un ingreso de 3.000 euros y un ahorro fiscal de hasta 9.000, unido a la segura rebaja del salario, pues contrataría con peores condiciones.

En la práctica, esta reforma supone una invitación a eliminar los contratos fijos antiguos y convertirlos todos en los nuevos precarios. A la vuelta de dos años no quedarán trabajadores con contratos dignos y todos seremos ya semiesclavos.

Esta situación sólo nos deja una salida digna: sacar la pulsión de vida, el instinto de agresión y defender nuestra vida y la de nuestros hijos. En los próximos meses veremos si estamos vivos o en coma irreversible.

Hace unos meses publicamos un post que tuvo cierta repercusión en la red. Su título pretendía provocar el pensamiento: Walking dead: la ideología caída del cielo. Aprovechando la exitosa serie que en España emitió La Sexta, hacíamos una reflexión sobre cómo se extiende la ideología por medio de las series. Los zombis representan todos aquellos que siguen entre nosotros pero sin poder mantener el nivel de vida. Son los parados, los excluidos, los marginados. Son peligrosos pues un simple arañazo suyo nos puede convertir en uno de ellos. Da igual que sean de nuestra propia familia, hay que huir de ellos o machacarles el cráneo hasta que no puedan moverse. Los zombis están entre nosotros y nos amenazan, esa es la ideología de los medios de comunicación, sin embargo, los verdaderos zombis no eran los parados o los marginados, sino las entidades financieras, que se han dedicado a chupar literalmente la sangre al sistema económico mundial. Aquí radica la médula de la ideología: convertir la verdad en ficción y la realidad en falacia. Por esto mismo es necesario desenmascararla y poner de pie el pensamiento ideológico. Como otrora hicieran los críticos: dar la vuelta a la ideología imperante, hoy hay que sacar a la luz la verdad del mundo en que vivimos.

Han sido las entidades financieras las que han puesto la economía al borde de la destrucción. Primero forzando la eliminación de los controles en los años ochenta, aprovechando los gobiernos neoliberales de Thatcher y Reagan. Seguidamente rompiendo la sana distinción entre entidades de crédito y de inversión, consiguiendo así aumentar las tasas de beneficios, pero a costa de la seguridad financiera. A continuación montaron una ingeniería financiera exuberante y "creativa", que les permitía saltarse las escasas normativas que limitaban la posibilidad de hacer operaciones financieras. Acto seguido nos llevaron al desastre, imponiendo la idea de que el sector financiero es demasiado importante para dejarlo caer. De ahí surgió la idea de salvar a los bancos con dinero público, exactamente ocho billones de euros en todo el mundo, más de dos en Europa y casi 250 mil millones en España. Sin embargo, todas esas ayudas no sirvieron para reactivar la economía, sino para hacer crecer los beneficios de los propietarios. Con los recursos aportados, estos verdaderos zombis económicos que son los bancos, regeneraron sus carnes pútridas y reconquistaron el espacio social. Al final tenemos unos zombis resucitados que se han adueñado del mundo otra vez a costa de la vida de las personas reales, a las que se ha convertido en muertos vivientes.

El último paso que están dando, de la mano de los gobiernos ultraconservadores, es dar la estocada final al Estado de Derecho creado tras la Segunda Guerra Mundial. En los próximos decenios nos espera un mundo lleno de zombis, tantos y tales como los que ahora sólo vemos en la televisión cuando quieren tocar nuestra fibra sensible. Como se ve, los muertos resucitan, pero lo hacen a costa de los vivos. Qué lástima que perdiéramos la oportunidad para acabar de una vez con los bancos y los banqueros. Qué pena que no tuvieran nuestros políticos los arrestos suficientes para haber nacionalizado los bancos en 2008 y 2009 cuando tanto dinero público se inyectó en el cuerpo moribundo del sistema financiero. No deja de ser curioso que el capitalismo fuera puesto entre paréntesis únicamente para salvar a los bancos. Hecho esto, hemos vuelto al más salvaje y bestia de los capitalismos posibles. Ahora es muy difícil salir de aquí: los muertos vivientes nos han atrapado, pronto todos seremos zombis reales.


Ayer saltaba la noticia, aunque el Deutsche Bank lleva tiempo comercializando el producto. Uno de sus fondos de inversión, el DB Life Kompass 3 comercializa un derivado financiero asociado a seguros de vida. Ofrece alta rentabilidad, aunque también un alto riesgo. Se trata de un producto claramente para gente con ganas de vivir al máximo, deben abstenerse los miedosos. Sólo los que se arriesgan ganan.

Este producto financiero consiste en apostar contra la esperanza de vida de 500 personas que han superado los 70 años. Si estas personas llegan a cumplir la esperanza media de vida, 80 años, el banco gana y el inversor pierde, pero si algunas de estas personas mueren antes, ¡ay si mueren antes!, sobre todo mucho antes, entonces el inversor se pone las botas. Sus ingresos pueden ser cuantiosos, tanto como un 20 a 1 y eso bien merece una apuesta.

Qué importa arriesgar un millón si puedes ganar 20 millones, sobre todo cuando ese millón lo has conseguido exprimiendo las arcas públicas griegas. Además, a los viejos les pueden suceder mil cosas, desde una simple rotura de cadera, que la palma pronto, a un suculento cáncer de próstata, que si no se lo han visto a tiempo se lo llevan para delante en meses. Y no te digo nada si andan un poco duros de oído y al cruzar la calle... En fin, que pueden pasar muchas cosas buenas que nos permitan darnos un caprichito. Ese Ferrari es muy tentador y con un par de kilos me lo llevo del ala.

Menos mal que alguien se ha percatado del enorme crimen que supone esto, un crimen semejante al cometido por Lehman Brothers un año antes de caer en la bancarrota que dio el pistoletazo de salida a la actual situación financiera, como contamos aquí en 2009 con los famosos bonos de la muerte. La polémica ha saltado en el preciso momento que se ha sabido que la entidad financiera aplica una tablas de esperanza de vida extrañamente favorables a sus intereses, con una esperanza de vida demasiado baja para la media constatada por los organismos internacionales independientes. Los inversores están sometidos al arbitrio del banco.

Los 200 millones de euros recaudados en las dos emisiones que se llevan efectuadas, podrían tener trampa y se puede dar el caso que los viejos tarden más en morir de lo que los inversores esperan. Un abogado de Hamburgo se ha encargado de llevar el caso a la corte penal, pues los inversores están indefensos ante la omnipotencia de la entidad. Por supuesto que la Asociación de Seguros de Vida alemanes ha salido inmediatamente en defensa de su asociado: no se puede acusar al Deutsche Bank de mala praxis financiera, pues los inversores conocen el riesgo de que los ancianos persistan en la vida y eso tiene poco remedio.

Algunos han solicitado los nombres y direcciones de los 500 interfectos para intentar hacerles entrar en razón. Su actitud es demasiado egoísta y acaban favoreciendo los intereses del banco frente a los intereses de los ahorradores. No es justo que se empeñen en vivir, reduciendo así las ganancias de los inversores. En el fondo, los 500 sujetos no son más que reaccionarios defensores del viejo orden y sería bueno ver la forma de hacerles entrar en razón. Al fin y al cabo, qué importan unas vidas si las comparamos con el bienestar de tantos y tantos sensatos y "racionales" inversores.

Parece mentira pero no lo es. Esta información es absolutamente cierta y eso la hace más apta aún para comprender la falacia en la que vivimos instalados. Es muy posible que el banco alemán haya acabado comercializando lo único que le queda por especular: la vida física de las personas. Cuando no se puede especular más ni con los alimentos, ni con la energía, ni con la guerra, qué queda sino la vida concreta de cada ser humano. El capitalismo del desastre nos lleva al desastre definitivo, he aquí la prueba.


Con motivo de la creación de la nueva coalición por la paz en Oriente Medio, hemos vuelto a escuchar palabras que hablan de paz pero que en el pasado condujeron a la guerra. "No tenemos nada contra el pueblo iraní" han dicho los fantoches que gobiernan el Reino Unido, Francia, Alemania y Estados Unidos, como otrora hicieran otros fantoches reunidos en unas islas próximas a las costas ibéricas. Les llamo fantoches (4ª acepción de la RAE: muñeco grotesco frecuentemente movido por medio de hilos) porque no se representan a sí mismos ni a sus países, sino que ejecutan los planes de ciertas élites económicas que rara vez salen a la luz pública y utilizan marionetas para que el público tenga una cara a quién odiar o a quién culpar de lo que sucede. Fantoches son, al fin, porque son sujetos neciamente presumidos que han acabado creyendo la farsa en la que los han embarcado. Sin embargo, estos fantoches son capaces de aplicar los planes de destrucción impuestos por sus amos y que llevan a los países a la guerra y a millones de seres humanos al infierno y la barbarie de la violencia.

No sé cuánto tiempo puede faltar para la intervención en Irán, en el fondo se trata de ver cuánto estarán dispuestos a soportar las autoridades persas las provocaciones, los atentados y los actos bajo bandera falsa. En el caso de Irak, apenas medió un año entre las primeras declaraciones y la guerra. También se dieron otras circunstancias que asemejan aquel caso a este. Según los informes de la Organización Internacional de la Energía Atómica y los reportes del propio Servicio Secreto de Estados Unidos, Irán no tiene un programa de producción de armas atómicas. Pero el discurso público contra Irán no hace sino aumentar el tono. Es muy posible que la mayor parte de la opinión pública, la publicada ya lo ha asumido, piense que Irán sí tiene este proyecto. Con esto se justificaría una guerra para eliminar la amenaza, pero todos deberíamos ser conscientes que no es eso lo que se pretende. El fin perseguido ni siquiera tiene que ver con la mera y única posesión de los recursos petroleros, es algo más vil aún y sin embargo´de más calado. Se trata de salvar el modelo de relaciones internacionales imperante, el status quo vigente. Los países centrales del Imperio Global Postmoderno, USA, UK y sus adláteres, necesitan mantener el control de los recursos que permite al dólar ser la moneda de referencia. Mientras el dólar persista en su posición mundial, el status quo se mantendrá. De una manera u otra, la producción global de riqueza pasará por el dólar y quien imprime el billete verde mantendrá la hegemonía mundial.

El mayor club de sinvergüenzas del mundo, que se reúne en Davos estos días, necesita la fuerza militar estadounidense para defender sus reglas de juego y la única manera de hacerlo es mantener la moneda que sustenta a ese ejército. Es un círculo vicioso horrible: las élites necesitan la fuerza militar para defender su posición; la fuerza militar ha de ser financiada con grandes recursos; el país que sustenta la fuerza militar no dispone de esos recursos, ergo la élites permiten que la moneda del imperio siga imprimiéndose libremente contra el valor del petróleo y la máquina de matar: un verdadero infierno ya en la tierra.

Las palabras hacen cosas, como sabía Austin, y en este caso hacen la guerra, como las palabras obscenas de Davos. Quieren crear un mecanismo para controlar a los países con déficits presupuestarios, es decir, hemos llegado a la guerra económica total. Como dijera Clausewitz, la guerra  es la continuación de la política por otros medios y la economía es la continuación de la guerra. Guerra, política y economía, en la globalización postmoderna son sinónimos.