Rafael Pacheco Guevara

Se ha producido un atentado contra las instalaciones policiales de la Comisaría de Policía del Barrio de San Andrés de Murcia –junto a la Estación de Autobuses- mediante el lanzamiento de objetos incendiarios que han afectado a algunos vehículos policiales estacionados en la cochera anexa al recinto policial citado.

Este deplorable hecho, que condenamos desde estas letras, ponen de manifiesto una premeditada acción delictiva contra dicha Comisaría, que no parece sea el caso de una gamberrada nocturna, pues se habla de varios individuos encapuchados, que lanzaron artefactos incendiarios contra los vehículos policiales estacionados en el recinto anexo que hace las funciones de patio-cochera, visible desde la calle de la entrada principal de la Estación de Autobuses.

Ahora, tras la condena del hecho –que afortunadamente no ha conllevado daños personales-, habrá que estar al resultado de las investigaciones policiales para determinar la autoría del hecho delictivo, de forma que así se despejen dudas sobre la identidad y propósito de los autores, de forma que facilite su detención y puesta a disposición judicial de los mismos, y sobre todo, la de devolver la tranquilidad a la ciudad de Murcia cuya vida pública no suele estar marcada por ningún tipo de violencia organizada, como pudiera ser el caso.

Las clásicas preguntas del ¿quién?, ¿por qué?, y ¿para qué?, están actualmente abiertas, esperemos que por no mucho tiempo, pues deseamos el éxito que merece la acción de investigación policial.

Ahora bien, planteándonos esas preguntas en el terreno de las hipótesis. Más allá de una gamberrada, y con alta probabilidad descartada la delincuencia común; habría que plantearse la autoría de la acción en el ámbito político y social, que actualmente se encuentra bastante convulso por los negativos efectos de la crisis económica, que abre la puerta a acciones de grupos antisistema, habitualmente políticamente radicalizados en posiciones extremistas, que suelen optar por acciones violentas como protesta al orden político y social instituido. Lo cual, en Murcia, no deja de ser una novedad, pues desde la época de la transición política no recordamos este tipo de acciones delictivas.

Esperemos un rápido esclarecimiento de los hechos, que concluya con la detención de los autores y su puesta a disposición de la autoridad judicial, para que sepan que ningún motivo -por grave e injusto que pueda ser política o socialmente- justifica el empleo de la violencia, además del respeto que todos debemos a la ley y a los representantes de la misma, así como a los símbolos del Estado que da sentido a nuestra identidad y existencia como País.

 

Pocas expresiones del ámbito médico son tan definitorias como ésta. Sin embargo, últimamente se considera más exacta, porque se ajusta mejor a la realidad asistencial, la denominación Adecuación del esfuerzo terapéutico.
 
Con el importante auge experimentado por la ciencia, han aumentado extraordinariamente las posibilidades de mantener con vida a los enfermos.
 
Disponemos de técnicas, fármacos y procedimientos que consiguen alta certeza en los diagnósticos y máxima eficacia en los tratamientos.
 
La población es muy consciente de los avances médicos, generadores de grandes expectativas, siendo también verdad que en su momento, se produjo   temor al entonces llamado encarnizamiento terapéutico (ahora le decimos eufemísticamente obstinación terapéutica).
 
Quienes tenemos ya una edad, recordamos imágenes agónicas de personajes políticos, rodeados de cables y conectados a multitud de aparatos electrónicos, hasta que finalmente fallecieron sin la suficiente paz y en soledad.
 
Ese tipo de muerte produjo miedo y rechazo: aunque se valora mucho la alta capacidad médico-terapéutica, no deseamos un tránsito excesivamente influenciado por la tecnología. Lo anterior, sin un ápice de crítica al gran reconocimiento, del que son justamente acreedoras, las unidades de cuidados intensivos.
 
Todos queremos retrasar el final pero, simultáneamente, huimos del  desenlace caracterizado por la frialdad y la ausencia de los nuestros.
 
Es sensato pretender que los equipos asistenciales sean capaces de “adecuar” su esfuerzo por nuestra supervivencia, hasta lo que consideramos razonable y aceptable, desde la óptica de nuestra propia dignidad y la defensa de una mínima e irrenunciable calidad de vida (… y de muerte).
 
La lógica de una ética de la contención aconseja ponderación en los medios, en justa proporción con los posibles logros.
 
Prolongar la vida, a pesar del sufrimiento y el disconfort del enfermo sin expectativa real de curación o mejoría, ni es ético ni es humano.
 
Sólo es aceptable hacer por nuestros pacientes lo que desearíamos que hicieran por nosotros, salvo indicación en contra, expresa y fehaciente.
 
Antes que nada, está el respeto a los valores y a las voluntades de las personas, más aún, cuando se acercan al final de su vida: dignidad, autonomía, calidad y sentido de trascendencia, son conceptos siempre defendibles y no están reñidos con la competencia profesional, para el mantenimiento de la esperanza, la confianza y  la seguridad.
 
La actuación de los facultativos, en mi opinión,  debe estar guiada por  la formación, la eficacia, la compasión, el cumplimiento de protocolos clínicos y la lógica proporcionalidad entre acciones y fines.
 
Se trata de cuidar, aliviar, luchar con ahínco e  intentar curar, pero asumiendo que la vida es limitada y que, el empeño por su prolongación, siendo encomiable, debe ser  tan riguroso como razonable.
 
El paciente es persona y es mortal. El sentido común dicta no olvidar nunca ambas connotaciones, por básicas y naturales.
 
Debemos huir de la altanería terapéutica y del desmesurado intervencionismo profesional, porque ambos son maleficientes. Se ha de practicar una medicina científica y resolutiva, a la vez que compasiva y contenida, siempre impregnada por el humanismo y liderada por el respeto. No es mejor médico aquél que  consigue, exclusivamente, mayores supervivencias.
 

 
Ignacio Camacho, columnista del diario ABC, dedica una de sus entregas a José Saramago, premio Nóbel de Literatura, describiéndolo como un “homo eticus”
 
Creo que esa referencia al portugués universal es tan sintética como acertada. Después, en el texto de su colaboración periodística, añade: “era un pesimista indómito plantado como un árbol solitario en el horizonte de la banalidad contemporánea”
 
Conste mi total identificación con el entrecomillado, también con el siguiente: “por encima de sus intransigentes convicciones y de sus ofuscados pronunciamientos políticos brilló la dignidad decente y orgullosa de su sólida estructura moral”… ¡con razón le premiaron el artículo!
 
Tenía Saramago declarado que las tres enfermedades del hombre actual eran: la incomunicación, la revolución tecnológica y la vida centrada en el triunfo personal.
 
Para él “no había duda de que la búsqueda incondicional del triunfo personal implica la soledad profunda, esa soledad del agua que no se mueve, hasta tal punto que, el nombre que tenemos sustituye a lo que somos”
 
¡Que alejado está esto de algunos de los perfiles, parodiados en anteriores entradas de este blog! 

El “yoismo”

Sociedad actual: Figuras, figurones y figurantes

La soberbia del acólito

El síndrome del impermeable blanco

Charlatanismo médico

Tontos

Mezquindades y vanidades

Afirma Camacho que Saramago “era un referente de otra época, un trascendentalista aferrado a su terca conciencia moral frente al relativismo complaciente y frívolo de la posmodernidad, la tecnología y el consumo”
 
Todos, también los médicos, tenemos mucho que aprender de este grande e insustituible humanista.
 
¡Cuidado con la fascinación tecnológica, con el consumismo sanitario y  con la frivolidad respecto a la ciencia médica, a sus objetivos y a sus capacidades!
 
Como en tantas otras ocasiones, un personaje (en este caso sí: su trayectoria, su obra y su grandeza intelectual y humanista, llenan de contenido esa palabra) que no estudió Medicina (ni ninguna otra licenciatura) y que no era un enfermo (de hecho fue longevo),  brilla y se constituye en un impresionante referente para facultativos y pacientes.

Valga este escrito como homenaje al gran autor ibérico desaparecido, que afirmaba no haber sentido, jamás en su vida, la necesidad de triunfo, carrera, reconocimiento o aplauso.


Ésta fue la castiza expresión de una diputada, en la sesión del Congreso del día 11 de Julio de 2012, como comentario espontáneo e inmediato a la información, dada por el Presidente del Gobierno, sobre los recortes de la prestación social por desempleo.

Teniendo en cuenta el hecho de que en España hay 5 millones de parados, me parece inoportuna y muy poco ética, sobre todo porque nace de una representante del pueblo soberano, de quién se espera que vele por sus intereses (los del pueblo).

Lo peor no es el exabrupto en sí, porque todos somos humanos (incluso sus señorías), sino la filosofía que lo motiva.

¿Acaso no conoce a ningún desempleado entre sus electores, o entre los hijos de quienes le votaron?

¿Representa usted, exclusivamente, a ejecutivos de alto y blindado sueldo,  profesionales de élite, empresarios de fortuna y rentistas acomodados?

¿Qué especial mérito ha acreditado su señoría, para disfrutar del escaño y no estar tan “jodida” como lo están esos millones de ciudadanos?

¿Ha reflexionado sobre el hecho de que ellos (los parados) también pagan, con los impuestos indirectos, el salario y las dietas que usted percibe?

En esta suerte de desafueros, peor aún es la afirmación de una alta responsable de su grupo parlamentario, juzgando como censurables sus palabras… pero no tanto como para justificar la apertura de un expediente sancionador.

¿Garantiza el pesebre partidista, también esa impunidad? ¿No es rechazable cuestionar, insultar y desear lo peor a tanta gente que lo está pasando tan mal?
Y si usted piensa que no son tantos y que existe mucho fraude (en realidad, lo hay). ¿Ha hecho algo para detectarlo y desenmascararlo?

El desempleo es el principal problema de este país, es obsceno trivializar este tema, además de injusto y temerario.

¿Sabe su señoría que otro gran problema nacional es, en sí, la clase política?

Todos somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras. Le traicionaron su lealtad inquebrantable al líder, el cómodo mimetismo del sillón parlamentario y su verdadero pensamiento político (si lo tiene); en consecuencia, y por vergüenza torera: Márchese

Debe usted dimitir, ya que los de su partido (los de las otras formaciones políticas harían lo mismo) solo estiman oportuno amonestarla por escrito, por ese insignificante y jocoso acto fallido.

Algo muy distinto sería que se hubiera saltado la disciplina de voto, en ese caso: reprimenda, expediente  y amenaza de expulsión.

¡Vaya imagen que proyectamos al exterior!...  ¡Así nos ven y así nos va!

Probablemente, en su fuero interno, y al margen del cinismo, se sentirá traicionada por el subconsciente y estará contrariada… o tal vez no, pues en definitiva, dijo lo que pensaba sin pensar en lo que decía.

¿Se imagina lo “jodida” que podría quedar usted, si se viera forzada a renunciar al acta de diputada y no contara con una boyante posición patrimonial o un bien remunerado trabajo “extraparlamentario”?

Si es funcionaria y regresa a su puesto en la Administración, ya sabe que no cobrará paga extra de Navidad… aunque lo sea por oposición y, en su momento, le costara conseguirlo más que le costó lograr su inclusión en la lista electoral.

Mal vamos con tanta irresponsabilidad y tanta banalidad, coincidentes con escasos signos de solidaridad y  pocas muestras de preocupación por los verdaderos problemas de los contribuyentes.

Los jueces, los médicos, los bomberos, los profesores, los policías nacionales, los abogados del estado, los militares, los guardias civiles…todos ellos hicieron un esfuerzo, en competencia con otros muchos, para obtener un trabajo que garantiza el funcionamiento de los servicios públicos, a cambio de sueldos muy inferiores al suyo actual y, por lo que se ve, bastante más amenazados.


Acabo de  participar en una mesa de debate, celebrada en el recientemente inaugurado Hospital Santa Lucía de Cartagena, en el contexto de un Symposium sobre Derecho Sanitario y Bioética.

El moderador, José Mª Fernández Soria, abogado en ejercicio y miembro del Comité Ético Asistencial de esa área de salud. Se trata de un letrado inteligente, formado en ética biosanitaria y en bioderecho.

Inmediatamente después de presentar a los convocados, nos espetó una pregunta clara y directa: ¿Influyen las medidas de recorte de presupuestos en la calidad de la asistencia sanitaria? 

En mi caso, la respuesta fue también lacónica… Sí, ¡naturalmente!

A continuación, transcribo una síntesis de lo allí expuesto: "Nos encontramos en una situación de emergencia nacional". El Gobierno de la Nación está arruinado y atrapado, entre acreedores externos y exigencias internas (sociales, políticas, territoriales, empresariales y sindicales).

Estamos en la antesala de un grave deterioro del estado del bienestar. Peligra todo lo público y, especialmente, el Sistema Nacional de Salud.

El detonante último de esta situación ha sido la crisis, pero sus causas esenciales vienen de atrás:

1-Fomento insensato de desmesuradas expectativas y generalización de la fascinación tecnológica.

2-Insuficiente implicación de la ciudadanía en el auto-cuidado y en la auto-responsabilidad, por falta de una educación sanitaria bien consolidada.

3-Ausencia de  valentía de las sucesivas autoridades sanitarias.

4-Hipertrofia de la medicina hospitalaria y deterioro de la asistencia domiciliaria, con fallos en la continuidad asistencial.

5-Infraestructuras diseñadas para enfermos agudos, frente a una población envejecida y con patologías crónicas.

6-Desafortunada descentralización del SNS, con absurdos e insolidarios desequilibrios, despilfarros y desigualdades.

7-Alocadas incorporaciones al Sistema Público de carísimos medicamentos y tecnologías, con utilidades y evidencias científicas, insuficientemente  acreditadas y poco o nada

contrastadas.

8-Equivocada funcionarización de los recursos humanos (ya lo hemos comentado con anterioridad: no es buena en Sanidad, ni en Educación, por desincentivadora)

Algunas claves para intentar garantizar el futuro:

1-Recuperación por el Gobierno de España de las competencias sanitarias básicas, con control de la actual y disparatada  variabilidad diagnóstico-terapéutica entre las distintas autonomías.

2-Fomento de la Medicina Preventiva, más Atención Primaria y mejor coordinación de la Medicina Paliativa y el resto de los niveles asistenciales.

3-Mayor implicación familiar en el cuidado de la enfermedad y apoyo a la formación de los cuidadores.

4-Rigurosa y objetiva evaluación, previa a la introducción  de nuevos medicamentos o técnicas, evitando, detectando y sancionando los conflictos de intereses no declarados y las intenciones comerciales no justificadas.

5-Contratación de profesionales, condicionada a la formación y a los objetivos, con evaluación periódica de sus competencias. Sueldo individual, según capacidad, eficacia y calidad de la praxis (científica, técnica y humana)

6-Racionalidad en la oferta de servicios sanitarios: no se puede pretender un hospital en cada pueblo, un servicio de neurocirugía en cada hospital, ni un médico por manzana o edificio.

7-Enfatizar en el respeto mutuo y en la mejora de las habilidades de comunicación, claves esenciales de la actividad médica.

8-Se precisa un rearme ético de la sociedad, y deontológico de los profesionales.

9-Aceptación, con responsabilidad y generosidad, de ciertas tasas disuasorias: razonables, asequibles y flexibles. Alguna forma de coparticipación (repago-copago) es necesaria para evitar la vuelta a la Beneficencia.

10-Privar de atención sanitaria pública a los no asegurados es un error y un retroceso: inmoral, peligroso e inviable.

11-Ahondar en la preparación y honradez de quienes deciden y gestionan, con abandono de dogmatismos programáticos e ideológicos.

12-Debatir con rapidez, utilidad, tolerancia y ganas de resolver, dando siempre protagonismo a los pacientes y con una visión comunitaria de  salud responsable.

13-Se puede y se debe gestionar mejor lo público, con mayor despolitización. El “pesebre” siempre  es malo, y funesto en  Sanidad.

14-Asumir que estamos ante un SOS general y que se precisa una  actitud de zafarrancho de combate, en  defensa de  lo público, con argumentos y sin aspavientos.

15-Entronización de la solidaridad y la Justicia, como auténticos imperativos éticos  del contrato social de la Medicina.

16-La privatización no es la solución. No es cierto que la gestión mixta publico-privada sea siempre más eficaz. Por mucho que ese mensaje se repita con insistencia: no está demostrado, cuando de verdad se pretende preservar la calidad asistencial.



Etimológicamente, la palabra enfermo describe al que carece de firmeza, al incapaz de mantenerse firme (in firmus: sin firmeza).

Aquél que no conserva la posibilidad de permanecer erguido, ha de estar inclinado (clinic procede del griego kliní: lecho, cama): el enfermo está “encamado” porque ha perdido su “firmeza”, deviniendo en débil.

Ha visto mermada su salud y por ello es considerado un  “perdedor”. Ya lo hemos establecido con anterioridad: enfermedad es igual a pérdida.
Así fue conceptualizada, desde tiempos hipocráticos y hasta hace bien poco. Al “perdedor”, no se le preguntaba, ni se le informaba, administrándole  un trato similar al del menor de edad.

Pues bien, a pesar del desarrollo acaecido, no han desaparecido ciertas improntas culturales, poderosamente arraigadas en mentalidades individuales y actitudes colectivas, ni tampoco lo harán totalmente en unos cuantos años más.

Observamos con frecuencia que es el propio enfermo quien se considera a sí mismo como alguien “venido a menos” e incluso “culpable” de su proceso patológico. No podemos olvidar que la práctica de la ciencia médica es algo muy reciente y, ni siquiera hoy es universal. El común origen de la medicina y la religión aflora constantemente, matizando la vivencia personal del paciente y sus ideas sobre lo que le sucede. No es extraño que atribuya su situación a un castigo por las transgresiones o pecados cometidos. En definitiva, a lo que debe “purgar” por las acciones u omisiones equivocadas y… punibles.

Lo relatado viene a justificar la importancia otorgada al Consentimiento Informado que, según reciente sentencia del Tribunal Constitucional (37/2011, de 28 de marzo) debe ser considerado como un derecho fundamental derivado.

Pese a no mantener la destreza para “permanecer firme”, el enfermo conserva la dignidad, la libertad y la autonomía y, como consecuencia de éstas, merece el mayor de los respetos.
Podrá decidir, previa ponderación reflexiva y ayudado por la información recibida, que deberá haber sido veraz, objetiva y entendible.

Exclusivamente él, si es capaz y mayor de edad, ha de autorizar o rechazar la realización de una intervención quirúrgica o una exploración invasiva, en la que existan riesgos reales, aunque estén medidos y acotados.

Nunca se ha de forzar su voluntad con engaño o persuasión, ni será objeto de posterior desatención, en caso de negativa.
Está totalmente desfasado el viejo paternalismo médico que, en analogía con el despotismo ilustrado, parecía responder al principio de “todo para el enfermo pero sin el enfermo”

¿Tiene algún sentido que una persona, por el solo hecho de estar ingresado en un centro sanitario, no pueda opinar sobre los riesgos que asumirá a consecuencia de la exploración o intervención a la que se le va a someter… mientras que sí es considerado totalmente capaz para realizar cualquier otra acción con trascendencia jurídica: compra-venta, testamento, matrimonio, etc.?

Estamos ante una nueva filosofía que sitúa al paciente en el centro del acto médico y de todas sus derivaciones, haciéndole partícipe de su devenir clínico, al implicarse y corresponsabilizarle de las decisiones que se adoptan, siempre en persecución de su mayor beneficio.

No se trata exclusivamente de firmar un documento, otorgando una autorización.

El consentimiento informado es, como sanciona el más alto tribunal español, al situarlo en el nucleo de los derechos fundamentales, mucho más que eso.


En nuestras humanas naturalezas abundan ambas, pero aprecio algunas peculiaridades de género y estoy convencido de que no se deben a un estigma biológico. El ADN femenino es como el masculino porque iguales son los cromosomas,  excluidas las células germinales.

No tratándose de genética, tal vez sea epigenética. Argumentan los científicos, con acertado lenguaje metafórico, que siendo la primera (genética) el abecedario, la segunda (epigenética) sería la ortografía: influencias ambientales, educativas y culturales.

Aún temiendo caer en peligrosa generalización, creo que el macho humano (varón) es el ser más vanidoso que puebla el planeta y, sin embargo, la hembra de nuestra especie (mujer) es algo más mezquina, tal vez porque ha precisado de una mayor astucia, como consecuencia de que le fue siempre más difícil la supervivencia, debido a una menor fuerza física y a la maternidad.

Desde muy antiguo, se preparó al hombre para optar entre las mujeres, porque ésa era su condición, la de ojeador-elegidor. Por el contrario, a la mujer se le adiestró en la seducción… para conseguir el interés de aquél y resultar  “agraciada” con su elección.

Considerado desde un punto de vista antropológico, lo descrito determina, de manera esencial, el posicionamiento vital de unos y de otras. Mientras que, en la casi totalidad de las especies animales, es la hembra la que consiente ser inseminada por el que estima más atractivo y capaz, designando ella al mejor dotado, en nuestra especie, la mujer busca al varón, en pugna con las demás.

Es clave en el tema que nos ocupa: “la otra”. En  competencia con las vecinas de la tribu, de la aldea, del pueblo o de la ciudad (el barrio, el colegio, la facultad, la empresa) y utilizando sus  argucias y su atractivo, la más hábil logrará el aprecio del mejor varón, solucionando así su manutención y su futuro, a cambio de sexo, afecto y entrega doméstica. Como consecuencia de ello, vendrán los hijos, la crianza y la transmisión de  valores y pautas culturales… lo que perpetuará el “estatus quo” descrito.

Socialmente, es más aceptada y respetada la que alcanza ese estadio y, a ese logro ha de dedicar todo el esfuerzo…. ¿Cómo no va a comportarse con algo de mezquindad en esa rivalidad?

El varón es otra cosa: él es el “rey del mundo”, el dominador y el garante del bienestar de la prole, aquél es su estatus y éste su objetivo. La mujer (descanso del guerrero) es el medio. A partir de  nuestros ancestros, fuimos estimulados para adoptar ese rol, y bien asumido lo tenemos… de ahí nuestra mayor vanidad.

La síntesis sociológica descrita continúa totalmente vigente en numerosas sociedades y lo ha estado en la nuestra hasta hace bien poco.
Aunque mucho hemos avanzado, un largo recorrido nos queda. Evidentemente, más en unas culturas que en otras.

Constantemente afloran esos atavismos estigmatizadores: a los “caballeros” nos suele perder la vanidad. Hasta la sexualidad y el poder están tremendamente influenciados por ella. La conocida y denostada erótica del poder, encierra mucha más enjundia de la que le solemos atribuir.

Instalados en esa falsa sensación de seguridad, somos más ingenuos y algo más nobles,  mientras que las “damas” se han visto obligadas a la estrategia y a la sutileza. Se les entrenó, instintiva e inconscientemente (¿o no?) en el cultivo de una cierta mezquindad. Por eso son más realistas, más prácticas y más cortoplacistas, resultando las peores enemigas entre ellas. Alguien dijo que, cuando una mujer escala a un importante puesto, suele quitar la escalera…

En mi actividad profesional he conocido a grandes personas (mujeres y hombres), pero, pese a haber tenido la suerte de trabajar en ámbitos en los que están formalmente superadas las discriminaciones de género (sanidad y educación), a poco que he escarbado, sí que me he topado con esos poderosos sesgos que, todavía hoy,  lastran y empobrecen la convivencia, dificultando  nuestro progreso colectivo.

Es tan detestable el médico fatuo y altanero como la enfermera pueril y reticente, igual que lo son el docente soberbio y la profesora resentida.

                
   Para el autor de esta bitácora constituye una satisfacción (y un cierto orgullo) la favorable aceptación que ha tenido por parte de los lectores telemáticos, tanto en España como fuera de nuestro territorio, sobre todo en los países latinoamericanos; tan cercanos al nuestro, en lengua, cultura, historia y costumbres.

   Habiendo sido así, me he animado a realizar una recopilación, en papel, de los 62 primeros artículos del blog.

   El próximo 4 de junio, coincidiendo con la fecha de mi 58 cumpleaños (disculpas por la cita personal), presentaré en Murcia, el libro titulado “Trato y Tratamiento”, que lleva como subtítulo la leyenda “Claves para una medicina de calidad: científica, humanizada y SOStenible”.

   Creo que ambos enunciados (título y subtítulo) representan una ajustada síntesis, que es bastante definitoria de las ideas, los valores y los conceptos que se han pretendido transmitir.

   Cuando en octubre de 2010 apareció el primero de mis escritos, la situación socioeconómica y sanitaria era ya muy preocupante (de hecho, desde 2008). Hoy, nos enfrentamos a una crisis de grandes proporciones, que nos  intimida y atemoriza, obligándonos a meditar concienzudamente, sobre la viabilidad y el mantenimiento de muchos de los logros sociales, alcanzados con anterioridad.

   Justo por ello, me reafirmo más que nunca en la absoluta necesidad de ahondar en una reflexión lógica, sensata y sosegada sobre nuestros actuales anhelos y nuestras posibles exigencias.

   El título nace del natural deseo de los pacientes: Esperamos del Sistema Sanitario, como ya está aquí dicho, el mejor tratamiento (capacidad curativa), administrado con el  mayor respeto (buen trato).

   Y, además, demandamos una Medicina de calidad y, por lo tanto, que sea científica, “humana” y económicamente factible (sostenible).
Hemos hablado mucho de Bioética, pero no solamente de eso, también de economía, sociología, afectos, sentimientos, de la vida… y de la muerte.

   Todo lo anterior está intensamente relacionado: difícil la calidad sin  humanidad, imposible la equidad sin gratuidad, inimaginable la universalidad sin solidaridad… y, en medio de todo ello: de un lado, la deuda soberana, la prima de riesgo, la desconfianza de los mercados, la ausencia de crédito, el drama del paro, los trágicos desahucios, el temor a la intervención internacional… y del otro, el esperpéntico y escandaloso espectáculo de las indemnizaciones y jubilaciones súper millonarias, el aprovechamiento de la compra “a saldo” o a “soga de ahorcado”, la irresponsabilidad de muchos gestores públicos… ¡Menuda panda!

¡Cuanta inutilidad! ¡Demasiado malhechor suelto!

Cualquiera que vuelva a España, habiendo estado unos años fuera, por poco observador que sea, fácilmente detectará  cómo ha cambiado el panorama urbano: donde antes había cientos de inmobiliarias, hoy se encuentran otros tantos establecimientos de  “Compro oro”.

Yo pertenezco a la “cultura del papel” y aunque, como tantos otros de mi edad, hemos intentado, con mayor o menor éxito, actualizarnos y pasarnos a la era digital, sigo valorando extraordinariamente el libro, como apreciable objeto físico y conceptual. Estimo que, aún hoy, es imprescindible.

Valga este ligero, barato y cómodo volumen, como contribución y homenaje a esa filosofía.

Compendiar en un solo texto, lo argumentado a lo largo de estos últimos meses, representa para mí un feliz autoregalo de cumpleaños.

Gracias a todos los lectores.